¡Ah… penas!

¡Ah... penas!

Cuando uno se quita
una pena de encima…
en realidad, la saca de adentro.

Hay penas fáciles de echar,
que se van si uno enciende
una luciérnaga.

Y hay penas que se atropellan,
que no llegan a penas,
cotidianas y efímeras;
ni bien pasa un niño con un globo,
se salen solas.

También hay penas más empecinadas,
que ponen palos en la rueda
y se burlan de los sahumerios y las risas.

Pero todas se pueden sacar
con tiempo, con esfuerzo,
y buenas compañías.

Sólo las penas viejas
se atrincheran.
Inquilinas feroces del conventillo,
pernoctan allá… en los últimos
cuartos, sin desalojo posible.
¡Terribles las penas viejas!
No salen así nomás.
Se aferran a los marcos de las puertas.

Como algunos tenemos tres o cuatro,
procedamos con cuidado para sacarlas:
furiosas de sufrir,
locas de encierro,
son capaces de clavarnos sus bastones
en la cabeza.

Alberto Tiso

Vivencias del autor:

Alberto Tiso
Desde la infancia (en Buenos Aires) y sin saber por qué, estoy entre versos. Los mayores me llevaban a recitar y cantar en hoteles, hospitales y reuniones. Llamaba la atención, supongo.
Cuando me trajeron a Tandil, fray Norberto (un curita del Asilo de Varones que andaba en bicicleta) me facilitaba recitar en un saloncito que tenía la iglesia en la calle Marconi.
Por supuesto, recitaba también en todos los actos de la Escuela 2 y María Cristina Cid me hizo ingresar a un grupo teatral, allá por el año 1963.  Así, en el  T.I.T. (Teatro Independiente Tandil) hicimos una obrita que se llama “Pelo de Zanahoria” de Jules Renard, que despertó polémicas por aquellos días.
Luego, mientras participaba en diversos cursos de teatro, me dediqué al teatro para niños  “Mi payaso”, (donde ahora funciona El Atril) y, junto a Alicia Corbetta ingresé al mundo del títere, inventando los guiones.
Seguía escribiendo poemas y algunos cuentos sin demasiada convicción, porque pronto me di cuenta que todo estaba dicho.
En 1987 me invitaron a participar en una obra que se llama “Visita” y que puso en escena el Teatro Universitario.
En 1992, Ediciones Orión me publicó un cuentito dentro de la Colección Tobogán (que se leía en las escuelas) y me emocionó compartir ese espacio con otra gente que escribía, sobre todo con José Sbarra, de quien yo había leído una novela.
Me animé también a protagonizar algún recital en el viejo Teatro Estrada (hoy, del Fuerte) para despuntar el vicio de disfrutar a grandes poetas en voz alta y probarme en la actuación.
Por otra parte, aproveché mi trabajo rutinario en oficina, para zafar con poemas humorísticos en las comidas y reuniones que se organizaban en fechas especiales y todos se divertían mientras yo “tomaba el pulso” de mis alcances con los diversos públicos.
Por estas épocas más recientes, la suerte quiso que conociera a la cantante Mariana Dátola que me invitó repetidas veces a intervenir en sus espectáculos y esas experiencias me fortalecieron e incentivaron.
Concurrí a distintos grupos y talleres literarios de la ciudad en distintas ocasiones, pero estos son, a grandes rasgos, mis intentos de no abandonar el difícil camino. Creo que no hay otro camino para mí.

Alberto Tiso / No me mientas

Imagen: Pintura contenporánea,  José Manuel Merello.
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