Alta mar

Alta mar

Don Roberto vivía en un altillo que era tórrido en verano y cálido en invierno. Los amplios ventanales daban al firmamento y nada prefiguraba las inquietas tempestades que agitaban su alma.
La planta baja, construida en su mayor parte con madera, daba la impresión de un inminente derrumbe y en las noches silenciosas, podía escucharse el roer de filosos dientes y la persistencia de la polilla abriendo túneles en las escaleras de cedro.
El hombre calculaba “me quedan unos veinte años de vida, el tiempo justo antes de que la casa sea una montaña polvorienta.” Como consecuencia de dichas conclusiones decidía postergar cualquier movimiento que lo precipitara por sendas fuera de la rutina conocida. Bastante mal habían transcurrido sus años en alta mar y si no fuera por el monstruo, quizás aún estaría surcando las aguas en búsqueda de tesoros, peces y moluscos para la venta en las costas de Malasia.
Fue una noche de tormenta. La tarde serena, desprovista de nubes, no daba la impresión de una súbita alteración del tiempo y antes de que la tripulación pudiera tomar las precauciones del caso, una inmensa ola se abatió sobre el barco. Fue entonces, cuando un rayo partió la oscuridad en dos, que lo vio agitarse bajo la superficie del agua encrespada. Los ojos encendidos lo miraban justo a él y algo similar a un rugido salió de sus fauces en un hervidero de espuma y sangre. Después, la nada. Roberto, el marinero, cayó desmayado sobre la cubierta y al despertar, ya en su camarote, supo que un grumete aficionado al arte, había logrado una fotografía de la criatura y el marinero.
Una vez revelada la placa no era difícil adivinar un inmenso lomo escamoso y el fulgor de los diminutos ojos fijos. Tal era el testimonio que don Roberto a los tumbos y luego de su recorrida por los bares,  buscaba entre sus papeles. Trató de no hacer ruido. La vieja insomne dueña de la casona se encargaría de gritarle improperios incalificables, no obstante, él no cejaba en su empeño por encontrar la prueba que demostraría su coraje. Fue el único que atinó a tomar un arpón mientras el resto de la tripulación desaparecía en busca de refugio. Y fue el último que vio desaparecer el arma en la boca del pez.
Mucho anheló repetir la experiencia a pesar de que ahora sabía cómo era el espanto. El capitán murió aquella misma noche y el barco, vendido a los piratas, comenzó a deteriorarse al punto de llegar a ser un ataúd flotante.
Algunos años más pasaron y Roberto decidió recalar en tierra firme, pero como el vaivén de las olas había hecho carne en él, suplió aquellas cadencias con aguardiente y cervezas efervescentes como el mar que había dejado atrás.
– ¿Cómo probar mi valentía? –gimió el viejo marinero entre hipos y sollozos– ¿cómo, mi Dios? ¿cómo?
Las cajas revueltas guardaban papeles amarillos pero la foto no aparecía. Si la memoria no ayudaba, su relato heroico no sería más que el desvarío de un marinero anciano enloquecido por la bebida.

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

“Alta mar”, fue seleccionado para integrar la antología S.O.S. 2012, Ediciones La Cesta de las Palabras, España.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Retrato realizado en lápiz con toques de color por Nicky.

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