Casandra

Casandra

…hija de Príamo, había prometido a Apolo casarse con
él si le concedía  el don de desentrañar el porvenir y
profetizarlo, pero apenas le fue otorgado tal privilegio,
ella retiró su palabra, por lo cual, irritado, el dios declaró,
como justo castigo, que nadie daría fe a sus predicciones.
─Mitología griega y romana, Juan Humbert

Comenzaba a  soplar aquel viento tremendo que hacía temblar las hojas del jardín y los vidrios de la casa y yo me arrastraba entre los canteros buscando caracoles para comer. Al amainar su silbido seguía masticando escondido en el zarzal mientras espiaba la casa del parque abandonado. Ella me miraba con sus muchos ojos, unos con párpados abiertos, otros cerrados. La piel, rasguñada por las espinas me ardía y en la boca, un gusto a gelatina y hierbas se entremezclaba con el crujir de los caparazones.
Ciertas mañanas, el chirriar del portón de rejas, me infundía alivio. Era Casandra, la empleada doméstica. Los días ausentes de su consuelo esperaba la noche para salir al exterior y, si al caminar alrededor de la construcción grisácea veía luz en el cuarto de mi padre, me precipitaba dentro de la cocina. Loco de terror, perseguido por seres de uñas largas y brazos retorcidos, me refugiaba bajo mi cama acompañado por una polifonía altisonante, producto de mi susto y los monstruos.
Aquel lunes me sentí protegido al verla entrar. Digna en sus ropas deslucidas como nuestro presupuesto, traía noticias frescas. Vital y parlanchina hacía  grandes ademanes y sólo vacilaba en sus comentarios cuando veía libros tirados por el piso y un cierto desorden de objetos; era entonces cuando mutaba en un animalito solícito, indefinible en su raza, pero transparente en su temor. Sabía que el viento desatado de la locura había estallado durante  su ausencia para barrer con los vestigios de mamá dejando a papá sumido en el letargo.
Desde que ella desapareció nadie supo explicarme nada y mi insistencia por saber irritaba a mi padre y turbaba a Casandra. Supongo que mi madre la habría empleado y provisto del uniforme azul desvanecido. El delantal blanco con pechera estaba amarillento y los cuadros imponentes y los muebles señoriales contribuían para rodearnos de un aire selecto, aunque ante mis ojos de niño, todo parecía desdibujarse y envejecer.
Jugaba con trenes de madera y un Pinocho colorido sentado sobre un vagón y chuc chuc chuc partíamos escupiendo humo imaginario, rumbo a tierras lejanas y seguras donde no soplara el viento ni siquiera para sacudir el sol de las hojas al caer la noche.En el caserón los cuartos eran muchos. Fríos. La cocina tenía baldosas negras y blancas y las hiedras amenazando ventanas denunciaban la falta de jardinero. En la planta baja el pasillo conducía a las habitaciones y puertas descascaradas las comunicaban entre sí, mostrando un creciente desorden de variados objetos. En los confines de los abundantes cuartos estaba la escalera y debajo de ella el piano Steinberg. Sobre un banco, las partituras.
Las notas complicadas eran privilegio de mamá. Melodías menos complejas eran de mi dominio y, cuando el regusto a hierbas había desaparecido de la boca y mi padre ya no inspiraba miedo, me sentaba a ensayar melodías creyendo que la música espantaría los fantasmas. Romance de amor me sumía en un plano donde desaparecían los gestos adustos y las amenazas erizadas como espinas. Trataba de alegrarme con un vals o una marcha y aún así, no era extraño que mis ojos se humedecieran y las notas se empañaran y entonces, corría escaleras arriba en busca de mis trenes para irme lejos, lejos.

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

Fragmento del cuento Casandra publicado en Sombras y luces, segundo volumen de cuentos de la autora. Editorial Vinciguerra, Buenos Aires. Serie: Cuentos de terror.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Obra de Francesc Torrescassana (1845-1918), hacia 1885. Nena devant del piano. Óleo sobre lienzo. Fuente original: Les col·leccions de pintura de l’Abadia de Montserrat (Aspectes de Montserrat) de Josep de C. Laplana.

Comenta en Facebook

Deja un comentario