Circunstancias de los cuando

Circunstancias de los cuando

Cuando estaba en la búsqueda se dijo que era medio loca.
Cuando abracé el cristianismo me tildaron de fanática ignorante.No incursioné en el Islam porque no me fue dada la oportunidad.El hinduismo fatigó mis ojos y pensando en Brahma que con el sonido OM creó al mundo, relacioné las palabras de Juan 1:14. “En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios…” y deduje que todo está enlazado en la gran conciencia universal.

Cuando escuché la expresión Tantra supe que se trata de una red donde  estamos inmersos.
Recordé a Francis Thompson: “Todas las cosas por un poder inmortal cerca o lejos ocultamente están unidas entre si, de tal modo que no puedes agitar una flor sin trastornar una estrella.

La búsqueda del Tao no me permitió entender que ya estaba en el Tao.

El Zohar me sedujo con sus enseñanzas y el Ho´oponopono me  predispuso al perdón.

Los estudios bíblicos me enseñaron que hay unidad dentro de un aparente caos histórico y es Cristo quien, como fino hilo de oro, recorre las páginas del libro de Dios.

Cuanto más leía menos sabía y comprendí que se necesita una mente inabarcable para intentar acercarse a lo infinito.

Cuando me di cuenta de que en el interior de mi pecho nunca había dejado de palpitar una luz, aparté los libros y opté por la introspección. Atentamente me aceché y vigilé sabiendo de antemano que no iba a vanagloriarme si acaso había hecho una buena obra. Supe que si ésta brotaba naturalmente era lo correcto; si por el contrario hacía el bien para recibir recompensa, cometía un error, el error de la expectativa; el error de proyectar en el otro deseos propios.

Nunca fui atea porque aún en la más profunda oscuridad, aquel parpadeo interior se defendía y me iluminaba por dentro. A veces venían aguaceros  y tormentas sin fin, pero el oscilante brillo no se apagaba y me daba protección y claridad en las noches de llanto interminable.

Una vez aprendí que no era capaz de responder a las preguntas: ¿quién eres? ¿Qué haces? Decía mi nombre y mi ocupación y ahora sé que no son más que etiquetas, rótulos que te definen como mercadería en un anaquel.

Creo que soy un alma viajera habitante de un cuerpo. Un papel en blanco que cada día escribe su historia. Acaso un continuo gracias por ver el sol, las nubes, la lluvia; por sentir frío, calor, cansancio, pena y alegría.

Cuando pienso en el hambre, la sed y el espanto no comprendo algunas cosas. Cuando enfrento la falsedad vestida con su traje de sonrisas y colores, tampoco entiendo ciertos temas.  He aprendido a respirar hondo y tragar las lágrimas que antes salían en borbotones. Y miro los hechos desde fuera. ¡Vaya si los miro! Como que le ocurren a otro. Y así, objetivándome tanto como me es posible, camino por la vida como si fuera un set de filmación. Extiendo los brazos y en ellos guardo a los niños para contarles historias. Extiendo la voz y converso con la niña adolescente intercambiando ideas. Extiendo las palabras y platico con mujeres de mediana edad, con mis hijos, con ancianos; con el dependiente de una tienda, con amistades, con quien sea. Y regreso a mi centro. Donde está la luz que titila suave, la que jamás me abandonó.

Amanda Hermoso
Serie Reflexiones

Amanda Hermoso

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Bliss, por Henry Asencio.

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