El actor

El actor

Mamá había muerto.

En realidad se fugó cuando yo tenía quince años. Loca. Aburrida de compartir su miserable existencia con partners que no tenían nada que ver con ella. Su espiritualidad era tomada a la chacota y cuando los integrantes de la “familia” discutían, sus libros volaban por el aire como mariposas desgajadas. La nariz roja del primo Antonio rezumaba grasa y sus ojitos brillantes por el vino reían burlones. Dora sonreía con malicia fingiendo barrer el pasillo (siempre procuraba limpiar cerca del lugar del hecho). Papá despedía brillos acerados desde la tensión de su cuerpo y la dureza de sus frases y Emma oficiaba de testigo mudo mientras simulaba tejer crochet.

Cada tanto hacían vida social festejando a risotadas chistes de albañal. Recuerdo a mi madre arrastrando los pies vanamente adornados con sandalias de taco chino. A pesar de las inclemencias del ámbito era coqueta y no dejaba de pintar su boca triste y sus párpados de papel. Un día dijo basta y después de una disputa con mi padre se fue a vivir a otra ciudad. Lejos.

Procuré verla. Yo era apenas un adolescente, pero me fue negada su dirección e interceptadas sus cartas. Quedé solo en la casa inmensa. Solo de diálogo.

Sus libros de arte permanecieron en los anaqueles llenándose de polvo y una araña plateada tejió la morada para su vejez. Nadie osó molestarla.

Estaba demasiado dolorido para sumergirme en lecturas que requirieran cierta atención y por muchos años di vuelta las páginas de revistas de cine o deporte acercándome a otros mundos de la manera más simple posible.

Fue por esa época que los cuartos comenzaron a cobrar vida. Ya hombre, busqué discos que sabía guardados en cierto lugar encontrando algunos fragmentos dispersos y cartones rasgados. Algunos libros aparecieron rotos en forma inexplicable.

Los habitantes de la casa se tornaron francamente aberrantes. Criticaban a cuanta visita terminara de irse pareciendo los únicos dueños de la verdad. Fueron quedándose solos. Cada uno entretejiendo sus monotonías con el otro y cada cual zahiriendo hasta lograr la ira.

Por protección personal pasé a la condición de cuasi fantasma. Aunque compacto en carnes y de pelo negro, atributos que no convienen a un espíritu, mis actitudes fueron extra mundanas. Ausentes.

No pudiendo estudiar ni tampoco queriendo casarme  para facilitar mi huida me convertí en autodidacta. Reaccionando a tiempo aparté de mi mente la pantalla del televisor y las revistas de cuarta categoría y me puse a hacer muecas delante del espejo roto de un viejo ropero ubicado en la buhardilla.

Primero eran tímidos gestos, después fue un medio personaje, luego el personaje entero y al pasar los meses fui un dictador, un padre de familia, un soldado herido; el hijo rebelde, el loco y el homosexual. Pasaba gran parte de la noche declamando, sollozando, riendo, gesticulando; caminando, arrastrándome sobre el suelo apolillado y cuando llegaban las tres de la madrugada permanecía unos minutos, pleno de dicha, murmurando –no, no puede ser, esto es como estar en trance…– y me dormía sobre la colcha de gastado verde o, si era invierno, bajo la frazada a cuadros que mamá, en su apuro, había olvidado.

Así, llegué a convencerme que una legión de buenos espíritus hacía carne en mí y yo podía sentir sus transparencias en mi sangre caliente, en mis músculos tensos y en la mente despierta.

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

Fragmento del relato El actor publicado en Ríos en la Soledad, primer volumen de cuentos de la autora.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: “Estudio Del Insomnio” (Autorretrato frente al espejo del baño) por Guido Mauas, artista argentino nacido en Buenos Aires.

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