El deseo de un hombre

El deseo de un hombre

Froilán pasaba una y otra vez frente a la casa de madera ubicada detrás de las dunas.
Estaba harto de vivir en el puesto de la estancia donde la desolada pampa no tenía nada que ver con sus gustos.
Antes de su trabajo mediterráneo surcaba los mares en un buque mercante y el oficio se le metió en la sangre. Avatares del destino lo hicieron recalar en un trabajo fijo y su alma estaba inquieta, con aquel burbujeo que no lo dejaba dormir. Pesadillas recurrentes le indicaban que el campo terminaría por matarlo. Carradas de tierra eran vertidas sobre su humanidad mientras él estaba en un agujero sin posibilidad de salida.
Cuatro estaciones habían pasado y nadie habitó el refugio de la playa. La puerta de entrada, pintada de blanco, era de madera más gruesa que el resto de la construcción. Tenía dos ventanas pequeñas que, supuso, serían del baño y de la cocina y otras dos más grandes, seguramente pertenecientes a una sala de estar y una habitación.
–Perfecto –decía una y otra vez–, es el hogar de mis sueños, una réplica exacta desde donde podré divisar el océano y el vuelo de las gaviotas.
Los periódicos contaban de usurpaciones y por lo visto, nadie hacía nada. Planeó instalarse ese mismo mes. Nadie sabía quién era el dueño de la propiedad. “¿Tendré que avisar al patrón que me voy? ¿Para qué? Si las pocas veces que lo veo ni siquiera me mira a los ojos, como si yo no existiera, como si fuera invisible.”
Froilán deseaba la casa con fervor. Llevaría la mesa y dos sillas, su perra Trili y el gato Indio. Los tres serían felices y podrían hundir pies y patas en la arena y después correr hacia el mar donde las olas bordan costuras de sal.
–Claro que Indio no se acercará al agua –reflexionó en voz alta ya inmerso en otra realidad.
Con prudencia, esperó medio año más. Rondaba el paraje todos los días y a diferentes horas. No más abrir la tranquera del campo y galopar media hora con los teros rozando su cabeza y el viento marino acariciándole la cara.
Estaba seguro que había descubierto el puerto que acogería el fin de su vida. Las señales estaban dadas. Era necesario escapar de los sembradíos, las vacas y los corrales. No pertenecían a su naturaleza. Froilán estaba hecho de horizontes y de vastos cielos.
Yo lo veía pasar cabalgando rumbo a los acantilados y pensaba en su libertad y que debía ser un hombre feliz. Nadie supo qué ocurrió cuando entró en un sopor de indefinible diagnóstico. Inútiles fueron los tratamientos para reanimarlo. Froilán no salía de su letargo y el verano atrajo a los turistas de siempre aunque hoy vi gente desconocida en el almacén de doña Rosa.
–Son los dueños de la casa de las dunas –me informó, agregando –y bueno, mejor, porque ¿vio que las usurpaciones están a la orden del día?
–Sí –contesté, sin poder quitar de mi mente la imagen del caballo y su jinete.
–Hay que tener cuidado –opinó ella mientras diligente, cortaba fetas de fiambre.

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Gaviotas al mar, öleo sobre lienzo, por Núria Fernández Puig.

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