Güendollyn

Fui la madre joven que aún internada en el hospital, vio elevarse algo siniestro desde la cuna de su bebé. Guardó el secreto hasta la muerte y con ella se fue el enigma que desde tiempos remotos había poseído a su hijo provocando la separación de ambos. Doloroso fue callar la revelación. Nadie le hubiese creído y hasta corría el peligro de que la tildaran de loca. Tampoco quiso escribirlo y ni siquiera murmurarlo porque bien sabía que los demonios también escuchan. Yo fui testigo de su dolor mientras le pertenecí como alma y una tarde invernal, cuando su cuerpo murió, pasé a vagar por zonas débilmente iluminadas y pobladas de lamentos; fue entonces que decidí contar la razón del desprecio del hijo hacia su madre.

Corría la Edad Media y la noche, en algún lugar de Gales, era fría y tenebrosa. Las brujas, reunidas alrededor de la hoguera, no temían a las constantes persecuciones de la iglesia y nada ni nadie sería capaz de evitar el plan que estaban por llevar a cabo. Su odio por Güendollyn superaba cualquier horror que pudiese amenazarlas o quizás, las profecías sobre su exterminio, hicieron que apuradas recurriesen a idiomas sólo por ellas conocidos y a pócimas repugnantes que sellarían el último hechizo.

La joven Güen suscitaba envidia y admiración y su paso por las callejuelas de la aldea era como si un hada se hubiese desprendido de las hiedras del bosque. La rodeaba un aura neblinosa propia de los amaneceres y su rostro y sus cabellos no parecían de este mundo. Pocos hombres vivían en Tsertl y todos, desde el más joven al más viejo, estaban prendados de la niña.

¿Qué podía esperarse de las mujeres más que falsas sonrisas, lacerantes envidias y deseos de muerte? Solamente las más ancianas fueron sinceras con ella y eso quizás porque no representaba competencia en este minúsculo mundo, árido de caballeros.

La pregunta pensada o murmurada era – ¿cómo es posible que un matrimonio de viejos haya engendrado un ángel? Concluyeron que era adoptada o una intrusa o un demonio vestido de luz que intentaba destronar a Satán, el rey de sus noches, porque en este pueblo encantador todo era un simulacro de pureza, imprescindible para ocultar la verdadera identidad de sus habitantes.

En este período que me tocó vivir como protagonista del espanto, trataré de explicar con palabras precisas. Claro tengo que me hallaba una vez más en un limbo a merced de los vientos y fue en este estadio intermedio que presencié los horripilantes ritos que no hicieron sino ahondar mi perplejidad y temor ante la fuerza destructiva de la envidia.

Podrán decirme –sufre el envidioso, el envidiado ni se entera.

-Argumento falaz –contesto –nadie imagina sus múltiples rostros y los infinitos disfraces a los que recurre para pasar desapercibida y así masacrar a sus víctimas cuando están desprevenidas. Es probable que el envidioso sufra, no lo voy a negar, sólo que su condición de perverso y su necedad lo convierten en un ser casi invulnerable. Van por la vida acechando, espiando, codiciando, reptando; maldiciendo y deseando el mal o haciendo un bien aparente para luego, asestar el golpe final.

Desde mi condición temporaria de testigo, prevengo –cuídate del envidioso y detéctalo sin demora–. No es fácil. Usa infinitos trajes. Adula, enamora, seduce, asiente, ayuda; sus palabras son dulces y engañadoras y tras las máscaras esconde su rostro putrefacto.

Por eso, cuando Güendollyn y el Barón de Trentl se casaron fue demasiado y llegó la orden de verter una maldición sobre el hijo por nacer y las sucesivas generaciones, cualquiera fuese el lugar donde se encontraran.

¿Por qué hubo de ocurrir que la joven estuviese junto al arroyo y acertara a pasar el noble a caballo? ¿Por qué, si en este pueblo aburrido nunca ocurría nada?

Quizá para que las madres sufrieran llorando a sus hijos perdidos. Quizá para que los amaran a pesar de ser testigos de una posesión presentida y no combatida por no tener las herramientas necesarias para anular un conjuro maléfico; o para poner a prueba la fuerza del cariño manifiesto en palabras y caricias; cartas, regalos y lágrimas… quizá para demostrar que el amor de madre es eterno a pesar de cualquier circunstancia.

Ahorro muchos detalles de aquella noche. Sólo contar que los relámpagos hendían el horizonte dando a la escena una luminosidad espectral. Me hallaba sentada sobre las ramas de un alerce y traté de permanecer oculta porque a pesar de la invisibilidad de mis ropajes, sospechaba que los seres malignos reunidos alrededor de la hoguera, acaso tendrían una intuición poderosa que podía revelarles mi presencia.

Los gritos, gruñidos y estertores acompañaban el crepitar del fuego. A pesar del humo entreví las formas retorcidas de pobres animalitos sacrificados sobre un altar de piedra y el olor dulzón de la sangre subió hasta mi olfato de alma. Tratando de no descomponerme ante la brutalidad del aquelarre enardecido, me di cuenta de que aún no había visto lo peor, la verdadera razón de las grotescas danzas ejecutadas por las candorosas mujeres de la aldea. Creí desvanecerme al ver que traían a un niñito de meses. La que debía ser la bruja mayor se acercó al altar sangrante al mismo tiempo que de la espesura surgía un hombre alto cuyo rostro estaba cubierto por una máscara.

Una vez más los alaridos y las frases de extrañas palabras se elevaron hacia la fronda del bosque partiendo desde aquel claro infernal que habría de maldecir generaciones y generaciones de madres e hijos. Cerré mis párpados translúcidos y como tras un velo vi alzarse el cuchillo en manos del enmascarado. Después, la nada. Un silencio de muerte siguió a la escena y cuando finalmente miré, imaginando encontrar los restos del horror, no vi rastro alguno.

Ayudada por la brisa me deslicé de rama en rama y recelosa me acerqué al lugar donde había estado la hoguera. Al tocar la tierra tibia y ver el titilar de algunas brasas tuve la certeza de lo vivido y con este horrible secreto trascendí los siglos, sabedora de que en algún momento me sería posible dar una explicación a lo inexplicable de ciertos desamores.

Supe que el Barón de Trentl murió en la guerra. La bella Güendollyn permaneció en el castillo hasta muy anciana. Por las noches abría una caja que guardaba en su ropero y cantaba canciones de cuna mientras acariciaba ropas de niño. En el pecho tenía un agujero tremendo y soplaba viento dentro de él, pero eso, nadie lo veía. Hubo ocasiones en que pensé en habitarla, mas al intentarlo, encontré un alma impregnada de lágrimas que no cesaba de preguntar por el hijo perdido.

Amanda Hermoso
La historia de un alma (fragmento)

Amanda Hermoso

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen de Sarah Richter en Pixabay

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