La copa de agua

La copa de agua
Supe que dictaba clases de Historia por lo que me encargué de pasar varios días seguidos. La idea era verla a la salida del colegio y la encontré una noche de noviembre.
Estudiar no es un tema que me interese. Todavía no sé cómo terminé primario y de secundario fui expulsado por intentar ahorcar a un profesor… y para qué recordar… después vino el trabajo en el campo. Suerte que leí la mayoría de los libros del patrón por lo que me defendía en varios temas.
Cerca de las once comenzaron a salir los alumnos. Hacía frío. Siempre me gustó el escape libre. ¡Qué máquina! Dos veces fue al taller, nada más. ¡Ah! Y una vez nos dejó en la ruta. Íbamos a un baile en Ayacucho. Tres minas y yo. Llegamos al amanecer, embarrados hasta el hocico y yo con las manos llenas de grasa. Pedro me contó que la ve casi todos los días y que está igual. Mi amigo sabe que Anita trabaja de profesora y me asegura –sí, loco, sigue igualita y me contaron que enviudó. Debe ser cierto. Antes la sabía ver con el marido. No, no sé quién es. El tipo no debe ser de acá. Yo escuchaba casi sin respirar como si fuera un gato esperando al ratón y mi amigo agregó –tiene dos hijas, grandecitas ya y estudian en el mismo colegio, de tarde.
Caminaba ligero hacia la parada del colectivo. Me le puse al lado, aceleré el Falcon y justo cuando iba a cruzar estacioné como cortándole el paso – ¡hola, Anita! ¿Te acordás de mí?
Ella asintió, seria y desconfiada. – ¿Vas para tu casa? –y antes de que reaccionara, me ofrecí a llevarla.
Puse primera. Hice roncar el motor, suavecito… Parece tímida. Tenía razón, Pedro. Está igualita. El perfil que yo adoraba. Las tardes de verano. Su cuerpo dorado por el sol. El pelo negro y largo… todos estábamos detrás de ella. Y ni nos miraba. La reina intocable. Después se casó y no la vi más. A veces, su figura cruzaba por mi memoria. Alta en la tarde profunda. Distante y como distraída, sin prestar atención a nuestras miradas hambrientas… y ahora acá, los dos en silencio, rumbo a una calle lejana donde me dijo que vive… – ¿Me permitís que te convide un helado, Anita? ¿No? Bueno, otro día. Tenés razón, hace un frío bárbaro, no parece noviembre. Después de la introducción, hablé como cotorra. La parla me venía en torrentes. Era ahora o nunca. El sueño hecho realidad. Aquí. Conmigo. En mi auto. Rumbo a su casa y bajo la noche. Monologué febrilmente. Quería contarle mi vida. Lo que conviene contar. Soy bueno. Siempre lo fui. El destino me castigó. ¿Y vos? (¡Qué seria es!). ¿Nos encontramos mañana? Te paso a buscar temprano y tomamos un helado. Sí, los más ricos. Recubiertos con chocolate. Un baño finito. ¿Yo? Vainilla y dulce de leche. Crema también puede ser. Papá siempre compraba esos gustos. ¿Qué vivo en el pasado? No, no es así. Íbamos todos juntos, en familia. Mis padres y mis dos hermanas. ¿Ya te vas? Entonces a las cuatro paso. Hasta mañana.
Al otro día tomamos el helado. Ella hablaba poco. Yo, sin parar. ¿Te acordás de las tertulias de la Rex? ¿Y de  Pelusa Muñoz? ¿Y de Gerardo González? ¿Y de Lucía, la gordita? ¿Cómo que no? ¡No conocés a nadie! ¿Dónde estabas? ¿En un frasco?
A la semana no aguanté más y la besé y nuestros besos fueron la continuación de la novela inconclusa; una trama que los ángeles habían comenzado a tejer muchos años atrás y que ahora continuaban y nos invadió un amor adolescente, inmaduro y fresco, como si buscáramos completar escenas perdidas en el tiempo. Supe que Anita había despertado de un largo sueño y la vi reír y paseábamos tomados de la mano por cualquier calle, felices y compañeros, pero nuestras familias pusieron el grito en el cielo, sobre todo sus hijas y mis tres varones. Cinco en contra de un amor y también se sumaron otros parientes de ella y míos. Comprendí sus palabras proféticas: si incorporamos gente a este idilio, será un fracaso.
Y llovieron piedras. Cuentos, habladurías, amenazas. Ella podía perder su herencia y el trabajo en el colegio religioso y mis hijos jamás volverían a mirarme si acaso se nos antojaba vivir juntos. ¿Cómo se te ocurre? –gritaban– ¿a tu edad venís a hacerte el novio? ¡Más vale que te ocupes de tu familia y dejés de jugarla de pendejo! Yo pensaba en nuestro milagroso cuento de amor y también en la cantidad de reclamos que me hacían. Se ve que los comentarios los tenían guardados para largarlos con rencor ante la primera ocasión que se presentara. En cuanto al bando de mi novia, no más sacar a relucir mis andanzas con mujeres y ya se dictaminó que seguía siendo el mismo tarambana de toda la vida.
Anita enfermó de tristeza y me rechazaba inventando mil excusas cuando en realidad, las presiones venían por otro lado. Adujo diferencias sociales, culturales, religiosas y hasta tuvo estallidos de celos cuando me vio conversando con una amiga.
Yo enfermé de locura. Loco. Loco de amor. No podía vivir sin ella. Se había convertido en mi diosa, en medicina vital, en una droga de la cual no podía prescindir. Rogaba por nuestros encuentros añorando su risa despareja, el pelo largo y su figura delgada. Le envié cartas demenciales, chorreantes de angustia y agresión. La llamaba por teléfono para contarle de mi sufrimiento y para susurrarle –te amo… te amo –más nada pude hacer. Su familia, sus hijas y el puesto como docente, fueron fuerzas poderosas que la apartaron de mí.
No admití su rechazo. Si tanto nos habíamos amado ¿cómo era posible que se alejara? ¿Todo había sido una mentira? Pedí a una amiga que la saludara por teléfono. Yo quería más datos. ¿Cómo estaba? ¿Qué hacía? ¿Andás de novia?
Alguien me dio una dirección y aquel sábado fui a visitar a la adivina. Vivía en una casita entre los cerros. Me pidió su nombre completo. –Ana Mabel –le dije– ¿el apellido también? –No, el apellido no –contestó–sólo el nombre. Me acercó una hoja y un lápiz. –Escríbalo, por favor. Después, tomó una copa que estaba sobre la mesa y la llenó con el agua de una jarra y se puso a mirar el contenido. Sentí miedo y toqué el mango del cuchillo que llevaba dentro de mi campera. El silencio reinaba en el cuarto humilde. Un pájaro cantó y desde un ventanuco vi el cerro cubierto de retamas en flor. Habrá notado mi inquietud porque dijo –quédese tranquilo, yo miro el agua y puedo asegurarle que Ana lo quiere. Volverá. Está muy confundida.
Sus ojos observaban la copa y por momentos, su índice moreno recorría las curvas de la escritura sobre el papel. – ¿Qué pasa? ¿Tiene un tipo? –pregunté con brusquedad al ver que su expresión cambiaba. –Sí –contestó. – ¿Quién es? –agregué, adelantando el cuerpo como si con ello pudiera obtener  más  información. –Eso no se lo puedo decir, no lo sé, pero tiene un tipo. Quédese tranquilo. Ana lo quiere. No tardará en volver.
Temblando por la rabia y el dolor me retiré cuando el sol llegaba al horizonte. Mi cabeza estallaba. Manejé como pude hasta el barrio de Ana y está vez sí que hice roncar al Ford. Pasé despacito por la esquina y nada. Pasé otra vez y estaba como ciego y en  ningún momento recuperé un recuerdo lindo que calmara mi tortura. Un manto rojo cubría las calles. Locura atroz. Trastornado acariciaba el mango de hueso del cuchillo. Mi amigo fiel. Lo usaba desde muy joven. Cortaba, desollaba, cavaba; despostaba, limpiaba, rasgaba… picaba, cuarteaba, mataba…
Estacioné el coche a varias cuadras de su casa. Caminé en silencio esperando escuchar el traqueteo del colectivo…
Ella es la última pasajera… mi mano dentro del bolsillo derecho… el metal ha cobrado brillo y acurrucado en la oscuridad, insensato, sonríe. Percibe la cercanía de la víctima. Huele grato aroma sanguíneo. Recuerda las palabras de Aníbal –qué suave sos, Anita, es como tener una flor en la mano… tu piel tan blanca…  mujer mía…  para siempre… para siempre, Anita… y el gélido metal sobre la mesa, escuchando a su dueño gemir como un gato…  te amo, Anita, no me dejes nunca… y él ahí, privado de recorrer los infinitos campos junto a su amo.
Llega la medianoche y nuevamente es noviembre. El transporte frena, baja  la última pasajera y las estrellas están como siempre, titilando heladas y lejanas y hay un hilo de luna… se escuchan algunos pasos y un ruido seco y un grito ahogado y el acero lleno de odio hunde su punta a través de la ropa. Al principio siente una leve resistencia y después la sangre lo inunda hasta el mango y abre la boca y bebe… bebe hasta el hartazgo en ansiados borbotones apagando la sed de tantos meses…

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

“La copa de agua” obtuvo Mención de Honor en el XL Concurso Internacional de Poesía y Narrativa “Cultura en palabras 2014”, certamen organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano, Junín, provincia de Buenos Aires, Argentina.
El cuento fue publicado en la antología “Cultura en Palabras”, Editorial Aries, Junín.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

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