La leyenda del Guayacán

La leyenda del Guayacán

“Según el destino que a todos nos espera,
pronto partiré de este mundo… “
I Reyes 2:2

Ayer murió Saturnino, mi fiel sirviente arrancado de las entrañas de África y en su pelo de nieve y en sus ojos de viejo vi la inclemencia del tiempo y de su boca escuché los últimos fragmentos de esta historia que sólo él y yo conocíamos.

Lo enterramos en el cementerio de la estancia junto al bosque de chañares en flor. Saturnino (Toko) Acevedo Dávila. Debía tener unos setenta años. Lo traje joven desde Salta. Las tierras arenosas de Bajo de Véliz, los arbustos de duras espinas, los zorzales negros y las águilas me cautivaron y adquirí campos henchidos de soledad, cerros y promesas. Ambos éramos jóvenes y fuertes. Sus ojos huidizos y su piel de ébano me hablaron de castigos infligidos por el hombre blanco y juro, juro que sentí vergüenza de pertenecer a la raza depredadora que surcaba los mares y hollaba las costas en busca de víctimas y que un día, cuando casi hubo terminado con los indígenas fue por los negros para traerlos hacinados en las bodegas de los barcos.

A lo largo de los años, me contó en su dialecto y en nuestra lengua, que familias enteras habían muerto durante la travesía y de ellos, que eran tres hermanos, dos permanecieron en Cuba y él fue comprado por hacendados que lo trasladaron hasta el norte de Argentina.

Era hábil para la labranza y el cuidado de los animales por lo que resultó de gran utilidad y oportuna compañía, sobre todo cuando quedé solo la mayor parte del año ya que mi esposa y los niños pasaban en Córdoba los meses del período escolar.

“El árbol”, llamado así por los lugareños, supo cobijarnos en las tardes extensas donde era preferible inventar un idioma nuevo y compartido antes que lanzarse por caminos con tramos más presentidos que marcados. El  ejemplar, que hundía sus raíces en una pendiente poblada por vegetación autóctona, parecía estar allí desde siempre y ya eran parte del acervo cultural los relatos de un “árbol de la vida” por sus propiedades curativas; también se decía que la planta estaba hechizada porque acercando el oído a las oquedades de su madera podían oírse voces que, hasta antes de la muerte de Saturnino, eran brisas viajeras entrando en los resquicios de las ramas para salir por el tronco. Tiempo después supe que era la voz del negro cantándole a su amada dulces canciones africanas guardadas en su memoria y tantas veces calladas… tantas veces…

¿Cómo podría haberle dicho a la niña Sara que la amaba? Él, un negro solitario, un sirviente de raíces lejanas y tribales que el paso de las décadas iba borrando hasta ocultarle un origen sin duda digno, pero negado con brutalidad ante intereses desalmados.

Llegó en diciembre en un faetón tirado por caballos blancos. Mi sobrina vino acompañada por mi hermano, su mujer y un chofer aindiado de largas crenchas atadas con un tiento, famoso por sus dotes de lenguaraz y versado en domar caballos. Pensé en él como un personaje decisivo de la historia, el conductor venido de quién sabe qué dimensión junto a los actuantes indicados para demostrar la fragilidad de las cárceles tejidas por las costumbres. Pasaríamos unos días en la estancia. Ellos, mi esposa, nuestros hijos y Saturnino mientras la peonada visitaba a sus familias asentadas en los caseríos a orillas del Conlara.

Verano tras verano observé posarse sobre Sara, las miradas de carbón, encendidas y fugaces; entendí que para las almas no hay colores y fui testigo de un amor imposible de dar a luz y sin embargo, alimentado a escondidas bajo “el árbol de la vida”. No comprobé lo supuesto con escenas contundentes y hasta podría arriesgar que la imaginación me jugó malas pasadas pero hubo noches intensas donde el fulgor de las estrellas y la redondez de la luna llena me mostraron el brillo fugitivo de una tela de seda bajo el guayacán de la vida. En esos momentos supe que los brazos de ébano rodeaban la cintura de Sara y que un sentimiento más allá de este mundo los unía para siempre y en la penumbra hirviente de translúcidos insectos y perfume de flores de oro, mi presencia o tan sólo el sonido de mi voz hubieran resultado una intervención tosca en un concierto que me estaba vedado.

No hablé ni demostré gestos que me delataran. Fui un espectador que dejó atrás las formalidades para ceñirse a la discreción y desde un espacio nuevo tuve el privilegio de asistir a una inusual historia de amor no exenta de suspenso e intranquilidad si acaso se tornaba pública y ¿por qué no? también fui el cómplice silencioso que durante los inviernos compartió la triste espera de su siervo.

Como nada es eterno, la niña Sara cumplió veinte años y ya no regresó a la estancia. Sus padres, felices, vinieron con la noticia del casamiento. Yo hubiera querido ocultar el suceso para evitar que la esperanza no muriera en los ojos de Saturnino, pero fue imposible porque las noticias volaban como mariposas en las calmas serranías.

Flor del Guayacán
Flor del Guayacán

Y así pasaron los años. Tantos que ni vale la pena contarlos. No hace caso el universo de los mínimos cálculos del hombre. Dos hitos marcan el relato. Uno es su voz africana refiriéndome la historia y otro es ver al guayacán tornarse negro ébano tan pronto como Saturnino abandonó su cuerpo físico al mismo tiempo que súbitos racimos de flores amarillas brotaban de sus ramas. Flores color oro que año tras año me recuerdan la cabellera de Sara…

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen principal: Escultura “V Tiempo de la VI Sinfonía de Beethoven”, Jardín Botánico Carlos Thays. Es una serie de piezas escultóricas realizadas en mármol por el artista italiano Leone Tommasi (1903-1965), inspiradas en la Sinfonía Pastoral de Beethoven.

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