La mujer de los anillos

La mujer de los anillos

En un pueblito perdido en la selva del Oruzún vivía doña Gumersinda. Largos años llevaba esperando un amor puro, entretejido con sol y arena, brillante de rocío y plata.

Su cabello blanco, disimulado con tintes de nogal, insistía en crecer con la misma fuerza que la vegetación alrededor de su casa.

Nadie podía calcular su edad porque desde siempre formaba parte del paisaje. Algunos arriesgaban que había pasado los setenta y podía colegirse que los cien cabrían con holgura en su cuerpecito fruncido por pliegues y sequedades.

Los jóvenes del pueblo acostumbraban frecuentarla para beber jugo de coco con jengibre rallado que otorgaba, según decían, hombría al más quedo y apaciguamiento al enardecido.

Una noche, luego de haber tejido durante horas alfombras teñidas con los fluidos de trémulas cochinillas, Gumersinda sintió puntadas en los ojos y fogonazos breves iluminaron la escena. El episodio no volvió a repetirse, aunque desde aquel momento, su visión quedó entorpecida por arañuelas y mosquitas que paseaban por el cuarto con rumbo indefinido. Paradojas de la vida ya que a partir de la fauna ocular, sus carpetas, cortinas y alfombras gozaron de mayor prestigio debido a los curiosos insectos bordados sobre diseños hasta ahora algo monótonos.

Como la anciana había llegado al Oruzún antes de que la mayoría de sus habitantes hubiesen nacido, no se conocían detalles de su vida personal. Llevaba en el anular izquierdo intrigantes anillos que podrían ser catalogados de compromiso y casamiento, mas nadie pudo sacarle una palabra. Los índices, pulgares, medios y aún meñiques de ambas manos estaban adornados con baratijas, recuerdos de lugares que había visitado. Las comadronas indiscretas arriesgaron preguntar el origen de la alianza de oro y del cintillo de perlas. Ante el primer intento desistieron ya que su cara adquiría una expresión pétrea que podía durar varios días y esto no era conveniente debido a los servicios que prestaba a la comunidad. Sus conocimientos acerca de partos, males de ojo, enfermedades de la piel, intestinos y huesos, superaban  los del médico más cercano quien se encontraba detrás de las colinas.

Su saber no terminaba en lo puramente físico. Podría decirse que también era versada en  penas de amor ya que ella nunca había sido amada de verdad, razón más que suficiente para comprender lágrimas ajenas y proceder a preparar tisanas reconfortantes. Doña Gumersinda meditaba mientras sus dedos trenzaban filamentos coloridos. El recuerdo de las palabras de un amigo –los amores tienen que ser posibles– rondaba dentro de su cabeza, dándole vueltas y vueltas, sin poder aceptar la sentencia casi científica. ¿A quién contar que en su pecho sentía los latidos de una esperanza? Ella era humilde y hasta primitiva, pero sus sentidos eran agudos como los de un animal salvaje y pudo olfatear que algo se avecinaba. La ausencia de los muchos libros y la abundancia de aromas, texturas y sonidos; gestos, miradas y voces, habían nutrido su poder de observación hasta convertirla en un compendio de saberes. Intuía y hasta definía acontecimientos múltiples, mas no era capaz de traer agua para su molino. Su vida resultaba una ofrenda de pura luminosidad para el prójimo, pero su ser quedaba atrapado en recovecos umbrosos que la sumergían en incógnitas  soledades imposibles de discernir.

Seguro que no estaba capacitada para disertar en una universidad, ni  siquiera en una escuela de campaña, sin embargo, desafiaba al más pintado a distinguir los anticipos de una tormenta, a descifrar el lenguaje de las hojas o el batir de las ramas en el viento.

Hasta la fecha, el aleteo de los guacamayos era sólo suyo. Podía diferenciar sus estados de alerta o sosiego como si en lugar de pájaros, se tratara de humanos. Las piedras también contaban con poder de expresión. Contritas o expandidas, según cayera la noche o estallara el sol sobre sus variadas superficies, narraban a la mujer historias antiquísimas;  ella supo de mares donde ahora tupidas frondas cobijaban alimañas que nunca habían visto la luz y los maestros de la escuelita,  asombrados, tenían que revisar los polvorientos tomos de la biblioteca del pueblo para corroborar uno por uno, los relatos de la mujer.

Amanda Hermoso
(Fragmento)

Amanda Hermoso

La mujer de los anillos ─cuento de Amanda Hermoso─ obtuvo tercera mención en Certámenes de Invierno 2014 de La Hora del Cuento, Bialet Massé, Córdoba, Argentina.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Mujer India, pintura al oleo sobre lienzo por Raul Cañestro.

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