La Organización

La Organización
“Porque nuestra lucha no es contra seres humanos…”
─Efesios 6:12

Mi casa está en penumbras. Escribo. Quiero dejar un testimonio de la lucha inmemorial entre el Bien y el Mal conjugados en seres que, según el entender humano, pueden ser corpóreos o etéreos, reales o imaginarios aunque sin lugar a dudas y cualquiera sea su condición, se manifiestan benignos o nefastos y entre estos dos polos, infinitas variables se desplazan como amebas en un mar de energías.

Tarde he comprendido que la batalla es librada en una dimensión prohibida al escrutinio del mortal. Percibí el benéfico canto de los dioses del Bien y el entrometerse de las fuerzas opuestas. Observé el bullir de cambiantes colores y supe que agitados por mi descubrimiento podrían terminar conmigo en las cabalgatas de mis sueños o quizá pasaría a engrosar las filas de los trastornados habitantes de un hospicio, envuelto en las brumas químicas de la locura.

……………………………………………
Soy un viudo de cincuenta años, poseedor de un campo administrado por empleados leales. Mi existencia ha sido un remanso apenas agitado por tareas rutinarias, reuniones sociales, amores, un matrimonio y varios viajes. Nada relevante hasta que, luego de una temporada en el sur, una intermitente, sorda y considerable jaqueca brotó dentro de mi cabeza como un hongo nefasto, seccionando mi comportamiento con un antes de amabilidad y un después de turbación; en la noche de mi cuarto cualquier sonido, por leve que fuera, se alojaba dentro de mi cráneo formando ondas sibilantes o ensordecedoras.
La búsqueda de alivio me llevó por los consultorios médicos y probé infructuosos tratamientos alopáticos y homeopáticos, pero grageas, jarabes o glóbulos no lograron erradicar mi tormento.

En secreto visité curanderos. Compré lo que me ordenaron. Aceite, incienso, alcohol y ruda. Conseguí elementos complicados y diversos y cumplí con ritos indescifrables agotando todo recurso que me permitiera encontrar alivio. Necesitaba sustraerme de las ráfagas eléctricas que atacaban mis miembros y mis órganos hasta tornarme un despojo. Era imperioso permanecer lúcido en el espacio que mediaba entre un ataque y otro para que la desesperanza no me llevara hacia aquellos desbordes místicos en los que gemía implorando ayuda a un dios perdido en las páginas del catecismo… y no sé si por casualidad, milagro o causalidad, llegó el día en que alguien me habló de ella, la doctora que venía de afuera…

El anuncio en el diario pasaba desapercibido entre la compra y venta de autos usados, inmuebles, máquinas de coser; artículos de lencería, pedidos de domésticas. Dra. X. Calle Tal. No figuraba un teléfono o un número de matrícula. Sólo su nombre y apellido, fecha de atención y una calle de un barrio lejano.

Fui a verla como mi última esperanza. El barrio humilde, poblado de gallinas y casas chatas no daba la impresión de un espacio profesional, pero traté de que los prejuicios no me hicieran vacilar perdiendo, tal vez, la oportunidad de cura. Llegué ante una vivienda construida con elementos heterogéneos. Un sendero me condujo frente a una puerta precaria.

En el jardín crecían, entremezcladas, malezas con malvones y margaritas con perejiles. Un cedrón perfumaba la quietud de la tarde. Las ventanas estaban cerradas con postigos y el silencio transmitía tranquilidad. Toqué el timbre y una mujer delgada, de mediana edad y larguísimo cabello entrecano me hizo pasar a una salita cuyo criterio decorativo coincidía con el exterior abigarrado.

Varios pacientes esperaban inmóviles alrededor de una mesa ratona. Algunos sentados. Otros, de pie. Me ubiqué en un sillón que parecía estar esperándome. Pregunté si la doctora estaba atendiendo y casi al unísono respondieron que sí, que era infalible, de pocas palabras, me salvó a mí, a mi hijo y a mi nieto.

Cuando llegó mi turno pasé a un cuarto decorado con caparazones de caracoles. Ella extendió la mano y con un gesto me indicó una silla. Me senté, rodeado de restos marinos, coloridos, multiformes. Cientos de ellos sobre las repisas y dentro de armarios con puertas de vidrio. Tornasol, gris y marrón. Verdoso. Brillos de nácar cruzados por listones amarillos. Sombras azulinas entre potes y ungüentos. Policromías restallantes temblando en el aire sombrío. No otra cosa que lo insólito debía servir de marco a lo inesperado.

La doctora me miraba. Sentada frente a mí cruzó los brazos sobre su pecho. La heladera inició su marcha.

Me miró profundo, dentro de mi alma, y yo comencé a hablar en cataratas. Ella permaneció inmutable.

La informé de mis intensos dolores de cabeza y que noches previas al ataque las pesadillas eran atroces, inconexas. Avergonzado confesé mis borracheras, los intentos de suicidio y el bochorno y arrepentimiento al recobrar la cordura…

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

Fragmento del cuento La organización publicado en El Triángulo y otros relatos, tercer volumen de cuentos de la autora, Editorial Utopías, Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina, 2010.
Otros títulos: Ríos en la soledad y Sombras y luces, Editorial Vinciguerra, Buenos Aires. Argentina.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Retrato en penumbra, obra en lapiz conté/papel fabriano por el artista visual Antonio Cañas, El Salvador.

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