Los huérfanos

Los huérfanos

Una mañana de mayo de 1955, el gallinero humano del pequeño centro de la ciudad mediana inició su alboroto. Esta vez fue más ruidoso que en otras ocasiones. Preguntas. Cacareos. Cantos y susurros. Intrigas, dudas, suposiciones. Sospechas e investigaciones. El librero estaba muerto. Lo encontraron  en el medio de un círculo de libros que parecía un grupo de amigos rodeándolo para escuchar sus palabras.

El caso fue cerrado. Muerte natural.

Juan Larvité era muy querido por la gente y a todos conocía por su nombre y apellido. Así también le eran familiares los personajes ficticios o reales de los muchos textos de su librería. Sabía de historias locales y de pretéritas existencias escondidas en las páginas de los capítulos infinitos.

Tenía 50 años. No era mal parecido pero sí demasiado alto. Sus hombros estrechos no condecían con sus caderas más anchas, lo que le confería un leve aspecto triangular. Sus brazos largos se balanceaban al caminar, especialmente el derecho, como si remara y su rostro lucía rojizo, con la apariencia de haber tomado demasiado sol. El pelo ralo y de un desvanecido castaño dibujaba sobre su cráneo rayas nítidas. Era correcto y amable sin llegar a la obsecuencia. Poseía todos los libros imaginables y jamás dudaba al asesorar a sus clientes. Por las noches aducía acostarse temprano para continuar con sus lecturas. Algunos lo admiraban como lector infatigable. Otros, más simples, conjeturaron el romance con una viuda.

Luego de su muerte el local permaneció cerrado y el barrio donde los buscadores de tesoros literarios se daban cita, adquirió un aspecto de ocaso y de puro comercio vano donde la calidad no tenía cabida.

Yo vivía en la casa contigua y me agradaba pasar las tardes conversando con mi amigo, Juan Larvité. No me fue necesario comprar sus libros para enterarme de biografías, guerras y leyendas. Él no era egoísta y prodigaba su saber reviviendo relatos y aportando cultura a mi intelecto ávido. Fluían de sus labios criaturas de Balzac, Molière, Borges, Ibsen; Milton, Shakespeare, Unamuno, Christie. También los protagonistas de best sellers encontraban su lugar actuando sus pasiones, codicias, desenfrenos y venganzas.

Después de su sorpresiva muerte sólo hubo silencio y penumbra en el vasto salón. Hacia la primavera, consumadas las últimas heladas, el ciruelo de mi patio floreció en blanco y  comencé a escuchar ruidos, gritos mínimos, lamentos. Pensé en niños traviesos. Pensé en jóvenes ocultos.

Una noche de luna clara apoyé una escalera contra la pared y me asomé por la claraboya del local. Desde su oscuridad  brotaron voces entremezcladas. Metáforas gráciles. Diálogos. Fragmentos de historias. Versos sueltos. Zumbando y revoloteando pasaban cerca de mi rostro. En órbitas locas giraban su desamparo los libros. Huérfanos de lectores buscaban a su mentor.

¿Cómo explicarles que no retornaría? Comprendí el trágico sino de los pensamientos no leídos.

Cerré la abertura  y mientras bajaba los peldaños los escuché, como pájaros heridos, chocar contra los vidrios.

No pude hacer nada. ¿A quién contarle? ¿Quién me creería?

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Libros Voladores en San Francisco, California (@javsmundo), sobre The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore.

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