Los novios

Los novios

¿Cómo puedo explicarte? El caso no es común. Ellos creyeron odiarse y antes de llegar al fondo del abismo tomaron rumbos distintos.

Yo los contemplaba con los ojos desnudos de asombro porque… en cierto modo, estaba preparado para el desenlace.

Cuando se fue, el clima ya no estuvo enrarecido y los insectos y los pájaros pudieron desplazarse con tranquilidad sin encontrar a su paso aquellos insultos de piedra y las acusaciones de mutuos egoísmos e injusticias.

Antes de cada discusión ella  mascullaba frases cargadas de nubes y luego desbordaba poniéndose cada vez más odiosa y de su boca salían tropeles de palabras oscuras, desesperadas por el encierro. Él, permanecía con la mirada fija en la pantalla del televisor absorbiendo toda propaganda cien veces repetida, deglutiendo series de aventuras como si su vida dependiera de las imágenes. Era su única respuesta ante los pedidos de diálogo.

– ¡Una pareja es una pareja! –gritaba ella–¡la palabra lo dice! ¡Estoy harta de monologar! ¡¡Harta!!

Yo no comprendía lo de “monologar” pero lo intuía. Seguro que era algo así como hablar y hablar y hablar con uno mismo. Después escuchaba portazos y un llanto seguido muchas veces por un abrir de cajones que amenazaban con la partida de alguien que nunca partía.

¿Cómo puedo explicarte lo que sentí al volver a casa una tarde cualquiera de marzo y él ya no estaba? Tampoco su video. Aquel artefacto negro que me daba la exacta dimensión de su presencia. Revisé los roperos. Los pantalones y las camisas seguían en su lugar. Una esperancita se acunó en mi corazón: “tal vez lo llevó al service. Hacía una raya en la pantalla…” pero llegó la noche y luego la otra y él ya no durmió en casa. Tampoco hubo tele ni peleas. “Todo se compensa”, pensé. “El famoso equilibrio” había escuchado decir mientras pensaba en un chico en la cuerda floja. “El famoso equilibrio…”

No me sentía mal, ni extraño. Quizá con la sensación de un brazo menos o con la ausencia de ciertas rutinas.

Después que ocurrió eso me convertí en una mosca blanca. No quise hablar del tema y cuando iba a otros hogares se me ocurría garabatear mensajes. Tomaba cualquier lápiz olvidado sobre una mesa y sentado en un rincón escribía “volvé”. Supe que ella se enteró de mis confidencias silenciosas. No faltó quien le acercara los papeles. Era tarde para reclamos. Por suerte a pesar del drama seguimos juntos y la tenía toda para mí.

Trabajaba siempre. Trabajo de hombre, de mujer, de peón. Era grande la casa y grande el jardín. El dinero no abundaba. No visitábamos el centro porque no le gustaba negarme los colores de una vidriera. Era un hada. Entre brochazo y cortada de pasto, entre carpir y alimentar a los pollos, entre las compras y limpieza, hacía tiempo para besarme y apretarme. Tanto me besaba que yo tenía que gritar –¡¡Basta!! ¡¡Basta!!

No le gustaba la tele.

– ¡Leé! –ordenaba–¡no te pongas tonto! ¡Es un plan para que te vuelvas idiota!

Resignado leía después de un solo programa nocturno. ¿Por qué no podía ver asesinatos?

Se la notaba feliz y si sus amistades la sometían a interrogatorio, la respuesta era: la convivencia, che, la terrorífica convivencia que todo lo mata. Ahora nos llevamos bien, somos amigos.

Las visitas no decían nada. La miraban sin comprender.

Después vino un señor. Conversaban de todo un poco. Yo me hacía el distraído y a veces pescaba –estás más linda. Estás más gordita. Te queda mejor.

La naturaleza del jardín callaba un instante y mi madre permanecía paralizada mirando la mesa como una vaca estúpida. No decía ni sí ni no ni gracias. El señor soltaba una risita y los ojos se le achicaban. Ma no los dejaba avanzar ni tampoco los ahuyentaba. No les paraba el carro. No quería enemigos despechados. Los dejaba a baño de María, como un rico flan dorado, meciéndose dentro del horno y ella vigilando el punto de cocción sin decidirse a sacarlos del tibio nido. Conocí a tres de esos flanes, rondándola y babeando almíbar.

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Por suerte no dejó de venir. Eran amigos. Antes eran enemigos. Ahora no. Dialogaban. Comencé a comprender lo de “convivencia.” Por lo menos ya sabía que era una palabra con algo de terrible. Parecía esconder un ángel dentro de la concavidad de la O y un diablo en los ángulos cerrados de la V.

Entonces ocurrió. Hacia la segunda primavera a partir de su ausencia, los vi besarse en la cocina. Un beso rápido arrancado a mi vigilancia.

Él dijo: mi divina.

Ella: ¡qué va a decir el nene!

Yo no dije nada y aunque no terminaba de redondear lo de “convivencia” observé todo lo posible. Siempre sin decir nada porque no quería ilusionarme.

Papá y mamá se pusieron de novios. Él no volvió definitivo. Algunas noches se quedaba a dormir y esos fines de semana eran de fiesta. Traía su video y lindas películas que mirábamos los tres. Y ahora a mi mamá no le daba rabia la pantalla. Papá nos cocinaba cosas ricas y yo me hacía el disimulado. Seguro que si preguntaba los pondría incómodos.

No ocultaban sus besos y hablaban mucho entre ellos dejándome un poco a un lado. A los novios parece que no les gusta un tercero. Igual me mimaban, sí, pero no tanto. Yo aguantaba porque valía la pena verlos juntos y felices, aunque fuera una noche a la semana. Al otro día se iba temprano.

Alcancé a escuchar –para que los vecinos no me vean –.

(¿¿¿¿????) (No entiendo a los grandes).

Me acostumbré al papá novio y cuando venían amigos cargosos a decirle a mi mamá piropos mezclados con charla me reía por dentro. Soportaba las pavadas sintiéndome protegido.

–Con el papá nos llevamos bien, somos amigos –explicaba mirando la mesa con cara de  tonta.

Así fue como mamá y yo nos convertimos en cómplices del secreto más hermoso: los papás amigovios.

¿Me entendés? El caso no es común.

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

“Los novios” fue publicado en el primer libro de cuentos de la autora: “Ríos en la soledad”.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Obra de Margarita Sikorskaia, pintora nacida en San Petersburgo, Rusia, en 1968. De forma frecuente es la protagonista de sus pinturas, donde la figura humana se destaca en imágenes coloridas de líneas redondeadas, entrelazadas por el amor en escenas llenas de color y de ternura. Desde 1990 reside y trabaja en Estados Unidos.

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