Mirta

Mirta

El Rolo se peinó mirándose en el espejo triple del baño. El pelo negro, con raya al costado, adornaba su cara linda de muchacho de barrio. Tenía pinta el Rolo. Pensó qué haría ese sábado que se presentaba irremediablemente igual a todos los sábados del pueblo. Abrió el periódico de la tarde. Pasó por alto las noticias políticas porque presentía, con cierto fatalismo, que con enterarse no remediaría nada. Dio vuelta las hojas hasta encontrar sociales. El único cine anunciaba una película de aventuras. Baile en un poblado vecino famoso por sus riñas de fin de semana y por fin encontró lo que buscaba: la reunión danzante del Club Italiano.  A  partir de las veintidós.  

Telefoneó al Cacho, su socio del taller mecánico y acordaron encontrarse en una confitería del centro.

La noche estaba fría. Las estrellas, inamovibles, descansaban en el cielo. Un hilo de luna viajaba lentamente.

La calle del club era empedrada. A veces, sobre la superficie, resonaban los cascos de algún destartalado caballo sobreviviente del siglo. Las casas eran centenarias, con sus techos adornados por plantas de conejitos y el maquillaje de sus fachadas, quebrado por los años.

El frente lucía titilantes trocitos de mica, como anunciando los sueños de las mínimas historias tejidas en los bailes. Tres ventanas amplias daban a la calle. Tres escalones anchos conducían al paraíso sabatino. Adentro, un bar de fórmica y madera clara. Las botellas alineadas sobre vitrinas se multiplicaban por efecto de un espejo. Distribuidas en el espacioso salón, gran cantidad de mesas, de madera clara y fórmica blanca haciendo juego con el bar. Pequeños vasos con flores de plástico anticipaban una primavera que tardaba en llegar. Las sillas, esperando, orgullosas de su flamante cuerina roja.

El Rolo y el Cacho llegaron entre los primeros. No querían perderse nada. Estuvieron bebiendo en la confitería París y tienen la sensación de una broma a consumar. Aún no saben bien de qué se trata…

Los muchachos de la orquesta toman un vaso de vino. El long play gastado emite un bolero entre pequeñas descargas de los surcos tan andados. El Rolo y el Cacho se sientan y esperan. Llega una pareja mayor. Él, aindiado, duro en su traje de ocasión. Ella, con el pelo quemado por una permanente barata, luce un vestido verde con volados de tul. Las chicas de la panadería parecen otras sin su delantal marrón. A una, las pestañas le pesan por el rimmel y la sombra brillante ahonda su mirada. La otra, enfajada su pancita, entra triunfante con su enterito color melón. Los tacos aguja, amenazantes, dan minúsculos resbalones sobre el encerado piso de mosaico. Aparecen los personajes… con lentitud… Los ojos expectantes y el corazón deseando un cambio. Las mesas comienzan a poblarse y en voz baja y con gesto disimulado, inician los comentarios:

Fijate qué gorda está la mujer de M.

Mirá cómo disimula la pelada el flaco T.

Ése modelo estaba en oferta en la tienda el invierno pasado…

Los mozos, obsecuentes, con su rapidez de prestidigitadores, sirven las mesas. Tragos largos, vino, caña, jugo… Algunos se arriman al alcohol para darse coraje. Otros, con la excusa del frío o de la baja presión van empinando sus acostumbradas medidas. Ellas, hacen un gesto de rechazo con la mano, la boca y la cabeza. ¡No, no bebo alcohol!, como si ofendidas dijeran: Sí, soy virgen y quiero seguir siéndolo…

Las voces se animan y las miradas son directas. Cuando el Rolo y el Cacho comienzan a aburrirse por no encontrar un chivo expiatorio, llega la Mirta, con su pelo largo color ala de cuervo, alisado por la toca. Sonriente, avanza desenvuelta. Saluda con un gesto general y vago a los presentes y deja su saco blanco de piel sintética apoyado sobre el respaldo de una silla. Sus botas de taco alto, con media suela y bien lustradas, se encaminan hacia el bar. En la marcha, el impecable pantalón rojo se desplaza como una bandera. Su blusa con jabots la engalana con sus ondulaciones negras y sus botones de strass. La bijouterie de kiosco, tintinea. La orquesta afina sus instrumentos y se lanza al aire con un tango.

Sale la pareja mayor, sabedora de sus compases. El resto, sigue el ejemplo. El baile ha comenzado.

Pasan las horas, los maquillajes se corren, alguna media desliza su camino de puntos zafados hacia el sur. Los rostros se humedecen, oleosos. La felicidad ha quedado prisionera entre las paredes del club. Las diferencias, las envidias, se han amortiguado con el sonido de un fox-trot.

– ¡Nena! ¡Qué consigas novio para casarte! –había dicho la mamá de Mirta en la oscuridad del pasillo. ¡Estás preciosa con esa ropa!

………………………………………..

El Rolo y la Mirta regresan del baile.

Helaba sobre los tiernos brotes de los árboles y sobre los autos. El Rolo, joven, con su pelo sin canas, se despidió de la Mirta con un abrazo. Ella, sorprendida de que no la besara, abrió la puerta de chapa de la cocina sintiéndose algo frustrada, pero también satisfecha por haber encontrado un muchacho respetuoso.

El desarrollo de la acción había sigo prefigurado por los dos amigos y el Cacho esperaba relatos cómicos para romper con su risa la quietud de la rutina. Pero nada muy gracioso le era contado, ya que su amigo tomaba mate mansamente en lo de Mirta, miraban televisión o conversaban de temas variados.

El Rolo no se enamoró. No.

Tampoco besó a la Mirta quien deslumbrada, creía haber conocido un ser puro que la amaba por su cultura. Porque ella, dentro de sus medios y de su contexto, era culta. Sabía algo de inglés y pintaba coloridos paisajes sobre azulejos con una facilidad de asombro. Tejía como Penélope y hacía tortas de cumpleaños. Le regaló una al Rolo cuando cumplió treinta. Con estas tres cándidas tareas se ganaba la vida.

Poco era destinado a los víveres. Su desvarío era la ropa. Hablaba como una niña de las tachas para las camperas, un pulserita de cuero vendría muy bien para el próximo sábado y ¿por qué no?, el pelo recogido con un moño de colores.

El Rolo sintió que un afecto nuevo le nacía. Ella era dueña de la fe en el prójimo. Desparramaba risas y jamás hablaba mal de nadie. Creía que todos eran buenos. El joven pensó que la vida era como un boomerang. El había pergeñado la chanza, pero ésta volvía dejándolo detenido en una obra sin final.

Mientras Mirta daba de comer a las gallinas, la amargura oscureció la cara del muchacho, luego una luz de audacia y por fin, la cordura.

No, no era posible…

El teatro debía concluir. Ella era un receptáculo de ingenuidad y vida, pero para el Rolo tenía un único e insalvable defecto: la edad.

La Mirta tenía sesenta.

 

Amanda Hermoso

 

Amanda Hermoso

“Mirta” obtuvo primer premio en el Certamen Internacional organizado por el Instituto Literario y Cultural Hispánico, Westminster, California, Estados Unidos.
El cuento fue publicado en “Ríos en la soledad”, cuentos y poemas por Amanda Hermoso.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Comenta en Facebook

Deja un comentario