Mundo roto

Mundo roto

“…y dejó de dar a luz.”
Génesis 29:35

Yo, Idolina Reyes, tuve que inventarme un destino. Pensar, transmutar y tener fe fueron los trabajos más tenaces que pude haber emprendido a partir del tiempo en que para siempre, guardé mis muñecas en un baúl de madera. Por aquella época vivíamos en el campo con papá y Susana, mi hermana menor. Ocupábamos la casa principal, un rancho de gruesas paredes de adobe y techo a dos aguas de paja quinchada. La tierra, en parte herencia de los abuelos maternos y en parte comprada por mi padre, poseía suelos fecundos y bajo la enramada entretejida por sauces rumorosos corría un arroyo donde acudían a saciar su sed las aves y el ganado. Allí, en los atardeceres del verano, nos reuníamos con la peonada para una ronda de mate y tortas fritas. Sí, fue junto a los juncos ribereños donde conocí a Bernardo Álvez quien, recién llegado de un viaje, traía relatos de caminos ignotos que finalizaban  en poblados de calles empedradas y casas blancas henchidas de rosedales y jazmines… hasta de un circo contó, donde la carpa era mucho más grande que los galpones utilizados para el depósito de cosechas y esquilas. Recuerdo con especial dedicación aquel siete de enero en que retiré del fuego la pava con agua caliente. Mis gestos demorados vertieron el líquido sobre las  minúsculas hojas verdes y en la espuma abundante en azúcar, se reflejó la tarde y el Bernardo extendió su mano, tomó el mate y sorbió el primer trago. Miré sus ojos y él entró en los míos. El tiempo se detuvo. No hubo sonidos, ni siquiera hubo gente en el instante mágico que fue sólo eso, un instante. Susana, apartada del grupo, peinaba su larga cabellera rubia.

A pesar de mi corta edad, quince años, me consideraba la mano derecha de papá. Me sentía orgullosa por ayudarlo con las cuentas, tema complicado para él, ya que no empuñaba el lápiz tan bien como el vaso de vino. Levantarnos antes del alba para desayunar jarros de cascarilla con galleta junto a la cocina encendida, nos permitía estar listos y tener los caballos ensillados ni bien las primeras luces iluminaran el campo. No hubo día en que no arreáramos ovejas y vacas  en busca de pasturas cada vez más escasas. Los gauchos que llegaban de lejos traían informes de ríos secos y de hacienda muerta sobre la greda abierta en tajos y los aparceros ya no contaban con mercaderías para cargar los enormes carros tirados por bueyes.

Susana no participaba del trabajo ni de los cambios climáticos que poco a poco, nos conducían a un callejón sin salida. Ella peinaba sus cabellos frente a un fragmento de  espejo colgado de la encina mientras tarareaba melodías infantiles. Por las noches calentaba ollas de agua del aljibe y se refugiaba en un cuarto para cumplir con secretos ritos de jabón perfumado y enjuagues repetidos. Yo, en cambio, me bañaba a media tarde, aprovechando las siestas de papá, pesadas de carne asada y copitas de licor que él se empeñaba en defender– son pal´ postre-o–son digestivas… Me bañaba rápido. No tenía razón alguna para demorarme en mi cuerpo o en mi pelo. Era una más del montón. Eso sí, muy trabajadora. En cambio Susana, era una ninfa. Una aparición en medio de la llanura. Una gota de oro…

Bernardo miró con curiosidad los libros del anaquel. Eran mi tesoro, mi poder, mi todo. Herencia de mamá quien había muerto durante nuestra niñez aquejada por quién sabe qué enfermedad de difícil definición. Enciclopedias, diccionarios, viejas revistas y algunos integrantes nuevos tales como libros de historia que yo retiraba de la biblioteca del colegio. ¡Leguas tuve que cabalgar para completar la primaria! En cambio Susana siempre tan alta, tan distante y bella, no finalizó los estudios y esta condición de intocable la trasladó impoluta a un destino por el cual yo hubiera dado la vida.

Bernardo Álvez representaba lo desconocido… Su parquedad de palabra y la mirada huidiza sumaban méritos ante mis ojos y me deshacía en atenciones – ¿quiere un bizcocho? ¿Gusta otro mate?… es temprano para irse… Me doblaba en edad y eso lo convertía en un territorio a conquistar… en un castillo cerrado que guardaba quién sabe cuántos enigmas… y su cuerpo fuerte y bien formado y su chaleco y las botas, la camisa y el sombrero… todo…  me catapultaba en una historia de amor sólo por mí imaginada porque él me trataba como a una amiga y tarde me di cuenta que sus intenciones eran otras: casarse con mi hermana.

La sequía había llegado hasta nuestro campo cuando Bernardo pidió la mano de Susana. Sumergida  en la noche roja de los celos urdí ciertos planes donde primaba la economía y no los amores inconvenientes. En secreto hablé con mi padre. De ningún modo permitiríamos que se fueran a vivir a otro lugar con la necesidad de personal que había. Así fue, como luego de la ceremonia en el registro civil, dimos de beber a los novios las gotas de una pócima inexplicable provista por Hilda, la hechicera. Al otro día, Susana se mostró aún más lejana que de costumbre y yo amanecí en los brazos de Bernardo quien no se explicaba el por qué de un sueño repentino ni la razón de mi presencia en su cama. Antes de que hubiera tiempo para preguntas me fui a dar de comer a las gallinas y cómplices, nos saludamos con mi padre quien estaba feliz ya que el mozo no se iría del establecimiento. Lo ataban: un conjuro, la miseria y su amor no correspondido. Nosotros, satisfechos, contábamos con brazos fuertes para hacer frente a numerosos trabajos en condiciones casi paupérrimas.

Lo atendí como a un chico. Lavaba su ropa. Le alcanzaba el sombrero. Lustraba sus botas. Le encendía el cigarrillo negro no sin antes dejar escapar volutas de humo de mi boca en un vano intento de seducción. Nada. No lograba nada. Bernardo permanecía parco, ausente y como un ánima cabalgaba los potreros hasta el atardecer, hora en que regresaba para acechar, con sus ojos inquietos, la figura de Susana. Sí, por un instante le brillaba la mirada buscando la piel de oro,  la que yo no podía darle.

Papá murió sin darse cuenta, envuelto en uno de los tantos efluvios vitivinícolas que lo enredaban, una y otra vez, en un juego de interminables espirales. No llegó a mojarse con la lluvia bienhechora después de tanta sequía y no supo del rostro de su nieto nacido en las soledades pampeanas. Diecisiete años no son muchos pero acá se madura rápido. Mis muñecas dormían en el baúl. Mi pecho ya no parecía una tabla. Mi ser entero buscaba conquistar a Bernardo. Mi amiga Margarita me salvó de la depresión con su inquebrantable amistad. Nunca dejó de visitarme. También yo me llegaba hasta el puesto que ocupaba con sus padres y hermanitos y cuando la crianza del bebé me tomó más tiempo, ella me traía libros y más libros de la biblioteca del pueblo y así pasaron los años, entre tareas, lecturas y la atención del amante esquivo. Vinieron dos hijitos más y en cada uno yo esperaba que  él me amara de verdad hasta que una tarde, sentada en la cocina y mirando al sol esconderse tras los eucaliptos reparé en que mi padre y yo habíamos instrumentado un destino. Su codicia, su desamparo ante el vicio y mi condición de ayudante junto a una atracción desesperada, habían tejido la trama y… ¿no estaba yo haciendo lo mismo con los niños? Niños instrumento. Parirlos para conquistar la tierra que me estaba vedada.  Pensé en un operario dentro de una fábrica poniendo el mismo sello a cada producto finalizado…

Susana nunca fue una tía muy cariñosa. Yo le tendía los ataditos de ropa rellenos de carne tibia pero ella exclamaba – ¡tengo miedo que se me caiga! Frase que a mí, me parecía una excusa. Alguna vez la vi rondando la cuna y su mirada era maligna. Margarita me dijo –tené cuidado, ella te envidia. No entendía nada. ¿Ella envidiarme a mí? ¿Qué? ¿Este cuerpo de palo? ¿La mirada de ratón? ¿Las manos ásperas?

–Decí que estoy muy ocupada –le comenté–sino me parece que lo sigo. Hay noches que no viene a dormir… y mi amiga opinó –los amores tienen que ser posibles…

Más callado que nunca ni siquiera se inmutaba ante mis escenas de celos. Sentí que ya era tarde para todo. Mis veinte años pesaban como plomo y un fino cristal me separaba de los niños. Álvez, mi esposo, el hombre magnífico de profunda voz nasal, orlado por el misterio y a caballo de un sueño sin cumplir, llevaba una doble vida donde mi hermana y dos niños no estaban ausentes. ¡Con razón una cierta alegría en su sonrisa! ¡Con razón los bombones de regalo en caja de terciopelo!

Tiempo después
La noche caía blanda sobre los esqueléticos ramajes. Mayo era el mes de escarchas sobre el pasto seco y los leños crepitaban en la tibieza del hogar. Rubén, Simón y Leo dormían en sus camas. Ella podía verlos por la puerta entreabierta desde donde les llegaba el calor del fogón. Habían jugado el día entero. Idolina bañó a sus hijos con agua del pozo y ellos rieron formando grandes pompas de jabón donde reflejadas en tornasol se veían las sillas, la mesa y la sonrisa de mamá… y en la modestia de aquel lugar parpadeó un sentimiento nuevo. Acarició su vientre de niña mujer y se sintió importante, por ella misma. Su cuarto hijo venía en camino y esta vez supo que es buena la reflexión y es bueno como el pan el aprender a quererse uno mismo. Idolina Reyes supo enhebrar los hilos de su existencia para crear un tiempo nuevo donde cada día representaba el lujo de vivir en el sentimiento de amar por el sólo hecho de amar, amor limpio, libre de candados y de sombras….

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

“Mundo roto” obtuvo el tercer premio en cuento corto en el Certamen de la Sociedad Argentina de Escritores, filial Córdoba. Octubre 2009.
El cuento fue publicado en “El Triángulo y otros relatos”, tercer volumen de cuentos de la autora.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

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