Orlando

Orlando

Mi nombre es Orlando Ghiezzi y odio a todo aquel que no pueda manipular. Un tire y afloje. Con mis compañeros de trabajo, por ejemplo. Vivimos un tiempo de bonanza durante el cual compartimos tareas en total armonía y después viene como una meseta… una rutina que debo suplantar con emociones (así dijo aquel médico), pero yo, que soy quien tiene la verdad (todos los demás están locos) sé que lo cotidiano deviene en un aburrimiento el cual comienza a carcomerme la carne para seguir con los huesos como si fuera una polilla insidiosa dispuesta a terminar conmigo. Entonces ocurre que pergeño nuevos negocios, viajes imprevistos y amores casuales cruzan mi camino y creo enamorarme, aunque después se me pasa… pero esta vez me atacó fuerte.

La conocí en Cuevas Andinas, una posada al pie de la montaña. Ella servía las mesas y yo la doblaba en edad. En poco tiempo me convertí en un idiota gastando mi sueldo en comidas y bebidas sólo para verla. Desayuno, almuerzo, merienda y cena. No desperdiciaba oportunidad porque mi objetivo era estar lo más cerca posible de su lugar de trabajo ¡y justo a mi patrón se le dio por encargarme montones de tareas que me sustraían de su presencia! No obstante, iba con cualquier excusa. Otros días entraba fingiendo haber olvidado los lentes o el periódico. Lo único que tenía a favor eran la devoción y la perseverancia ya que mi aspecto físico no me ayudaba. Medio rengo y algo contrahecho, mas con una mente prodigiosa que superaba en inteligencia a la mayoría de la gente. Sufría mucho ya que era consciente de mi figura, aunque debo agradecer suplir mi falta de presencia con una desbordante libido. Y también ¿por qué no confesarlo?, en mi interior bullía la codicia ya que deseaba ser dueño de viviendas que no me pertenecían, de automóviles último modelo y de mujeres fantásticas que jamás se fijarían en mí a menos que tuviera ocasión de comprarles bienes o de poner a prueba mi capacidad amatoria. Consideraba mis anhelos un estado natural sin sospechar que padecía un mal horrible llamado envidia. Eso me lo hizo notar una amiga: Eres brutalmente envidioso. ¿Para qué te preocupa tanto lo que otros tienen? Me dieron ganas de estrangularla, pero me contuve. Si algo había aprendido en mis años de ambición era a disimular lo más posible.

La impotencia que sentía al mirarme al espejo era creciente. ¿Cómo suplir mis carencias corporales más emparentadas con las asimetrías que con la normalidad? Yo quería ser feliz, por eso demoraba la mirada en las familias dichosas. Anhelaba un hogar suntuoso y un sillón mullido donde apoyar mi espalda con cifosis e imaginaba el abrazo de una esposa bella y joven. Mis ojos buscaban los de mis hijos aún no nacidos para los cuales tenía proyectos basados en observaciones minuciosas –que tal escuela privada y tal marca de ropa– sí, la observación era mi cualidad más meritoria. Atento al bienestar de los demás distraía la atención de mí mismo y planeaba sobre bases seguras lo que sería el resto de mi vida.

Amanda Hermoso
(fragmento)

Amanda Hermoso

Fragmento del cuento Orlando publicado en El Triángulo y otros relatos,  tercer volumen de cuentos de la autora. Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. Argentina. 2010.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Caserio en La Garrotxa (Girona), por  Amelia Filizzola.

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