Pibe chorro

Pibe chorro
Los charcos serpenteaban por la calle como arroyos de estrellas y hasta un fragmento de luna que en ellos se reflejaba, pretendía imprimir un detalle de perlas perdidas entre la mugre y las latas. Techos de chapa y cartones. Perros pulguientos. “Empanada $2” anunciaba con pintura chorreada un improvisado cartel.

Hacía frío aquella noche. El pibe Mario Soan, “el pibe chorro” le llamaban, tiritaba dentro de su campera gastada. La capucha cubría su cabeza. El aliento condensado por la baja temperatura dibujaba fantasmas en el aire. Pronto caería una helada y entonces las sombras favorecerían sus planes. Caminó hacia el muro que lo separaba del mundo de los ricos. La brecha era cada vez más ancha. Esta vez no tuvo que arrastrarse entre la basura. Cómodo, pasó casi sin agacharse y de un salto estuvo del otro lado. Sus hermanastros, Nola y La Palmera (así le llamaban a la flaca) dormían junto al brasero encendido. –Apaguen eso, carajo– les decía cada noche y como no le llevaban el apunte, él mismo y en secreto, abrió unos agujeritos en las chapas y escondió el carbón para que no avivaran el fuego. Preferible helados momentáneamente que muertos para siempre.Mario cruzó la noche apurado. Sus zapatillas volaban sobre las veredas y el pavimento. Los automóviles último modelo avanzaban a toda velocidad. No había tiempo para el miedo. Corrió con la mano derecha metida en el bolsillo de la campera. Era para sostener el chumbo que llevaba en la cintura. Estaba acostumbrado a ensayar tiro al blanco con latas en un descampado de la villa y en más de una oportunidad, otras balas pasaron zumbando cerca de su cabeza y eso era muy común, lenguaje de todos los días. La cuestión era aprender a usarlo donde las vidrieras mostraban ropas de lujo, ropa para el domingo y las rotiserías pollos dorados asándose al asador y costillares enteros… el padre de ellos, Ginkgo le decían, porque devolvía la memoria (siempre echaba en cara lo mínimo que ayudaba), había sido parrillero en “La Chacra”, el restaurant más importante de la avenida Junio, pero de tanto quemarse la panza frente a los leños y de comer retazos sabrosos de carne con grasa, enfermó del corazón y pasaba gran parte del día dando vueltas por el barrio o en la casa de sus mujeres, la Rosa y la Anabel.Faltaban tres cuadras. En unos minutos cerraría el kiosco. No había que dar tiempo a nada. Atendía un hombre grande. Si lo apuntaba seguro le daba la guita. Iba a ser fácil. Ni bien tuviera la plata en el bolsillo planeaba comer una pizza con una “birrita” y luego se fumaría un “porro” (todavía no se le animaba al “paco”). Necesitaba hacer tiempo hasta que abrieran los negocios para comprarle ropa a La Palmera quien ayer, le dijo –hermanito, me gusta el abrigo negro de la Tienda Santa Fe.

El viejo tenía el candado en la mano y estaba a punto de asegurar la reja. Fue fácil. Al principio fue fácil. Lo amenazó con matarlo –entregá la guita o te quemo–. Un instante en la noche helada. El auto que venía por la avenida aceleró la marcha. Arrebató la billetera y corrió hacia la esquina no sin antes escuchar un ruido sordo, como de una bolsa pesada cayendo contra el suelo. Se dio vuelta y buscó con la mirada la figura del kiosquero quien se hallaba desmayado o muerto. Sin reflexionar, prisionero de los instintos, corrió más ligero aún y no paró hasta llegar al muro y pasar por la brecha cada vez más ancha. Saltó charcos pestilentes, cruzó pasadizos embarrados y casi a ciegas alcanzó la casucha de chapa y cartón.

Nola y La Palmera dormían acurrucados en sus catres. En el brasero parpadeaba un ojo mortecino. `El ojo del viejo´, pensó y, antes de que el remordimiento comenzara a molestar, se acostó vestido no sin antes mirar a la flaca y acá sí, algo estalló dentro de su cabeza porque era  su hermanastra y él sabía, de alguna manera ancestral sabía que misteriosas leyes lo castigarían para siempre si osaba tocarla.

Mario Soan era uno de los tantos hijos de su padre y en la mezcla de ranchos, perros y carencias no se hacía fácil distinguir lazos de sangre entre seres desvalidos y al mismo tiempo agresivos que, tanto rendían culto a un espíritu de clan como, de pronto, podían llegar a sacarse los ojos por disputas menores.

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

Fragmento de Pibe chorro, publicado en El Triángulo y otros relatos, tercer volumen de cuentos de la autora. Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. Argentina. 2010.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Muchachos de esquina (Serie de los colectiveros), litografía por Aida Carballo, grabadora, dibujante y ceramista argentina (1916-1985).

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