Planta baja

Planta baja, por Amanda Hermoso

 

Amplia y luminosa, abrigada en invierno y fresca en verano, la planta baja no era el lugar preferido de Analía y Roberto.

Los amigos más cercanos no terminaban de entender por qué razón habían alquilado semejante casa para luego instalarse arriba. Pensativos, paseaban la mirada por los muebles y las arañas de caireles deseando estar en el lugar de los afortunados.

“¡Ah, lo que yo haría si estuviera en este sitio!” reflexionaba uno.

–Dios da pan a quien no tiene dientes –murmuraba otra mientras se imaginaba una vida de placeres organizando fiestas que durarían hasta el amanecer.

En cambio, nuestros protagonistas, eligieron los reducidos cuartos superiores antes de optar por la comodidad. No les importó la amplitud de los espacios, los pasillos laberínticos y las puertas que conducían a recovecos donde podían encontrarse cientos de libros asomando de valijas entreabiertas o la sorpresa de una enorme caldera de hierro.

El primer día que visitaron la vivienda, el agente inmobiliario, entusiasta y verborrágico, no cesaba de nombrar las muchas cualidades –la ventaja de la paredes anchas, aíslan del frío y del calor… miren qué puertas… fíjense la ubicación, casi pleno centro. ¿Dónde van a encontrar igual calidad por tan bajo precio? Aprovechen esta oportunidad. Hay mucha gente interesada.

La pareja cerró el trato y comenzó la mudanza sin lograr aislarse de la sucesión de visitas ansiosas por ayudar o curiosear.

El grupo de los allegados imaginó que se establecerían en los magníficos cuartos, además de hacer uso de la enorme cocina y el increíble comedor; en cambio, ellos ubicaron sus pertenencias (que no eran muchas) en el pasillo de entrada y esa misma tarde comenzó el traslado por la escalera rumorosa y carente de pasamanos.

“¡Más tontos imposible!”. La rabia de tía Eulalia se le traducía en la mirada. Su sobrino cambió desde que conoció a la chica. Casi lo había criado ella y ahora, su Robertito salía con esta payasada. Su compañero y confidente. Si hasta la miraba con rechazo.

Los parientes estaban intrigados y ellos no se tomaron el trabajo de explicar. Analía y Roberto guardaban un secreto. Eran intuitivos y en algunos casos videntes. Mentes funcionando al mismo tiempo como si fueran violines afinados por la destreza de un lutier. Dos mecanismos en la misma sintonía capaces de ver la actividad de los planos sutiles.

¿Cómo dar a entender a mentes obtusas que bajar las escaleras era toparse con un montón de palabras arremolinadas esperando a su presa? No se necesitaba mucha imaginación para verlas empujándose unas a otras a la espera de un cuerpo donde alojarse y de un cerebro para perturbar.

Eran vocablos oscuros, maldicientes, cargados de odio y rencor; letras de robusta densidad unidas por sombras grisáceas que destilaban recuerdos pesarosos. Frases que, no obstante su vejez, no parecían dispuestas a morir mientras tuviesen una víctima de quien alimentarse.

Es que generaciones largas y conflictivas habían vivido en las dependencias del piso inferior dejando su impronta en los muros como quien deja el mensaje de una mano ensangrentada.

Analía y Roberto sospechaban que mucha gente había muerto en la casa recordando, con cierto estremecimiento, la mirada y los ladridos de su mascota, la perra Soli, mientras clavaba los ojos en el cubículo que comunicaba con el sótano. Una noche, la voz del can fue más aguda y después la nada. Temprano en la mañana, Soli apareció muerta en la cocina, no lejos de la entrada que conducía al subsuelo.

Por eso y por muchas cosas más, fue que la pareja decidió pasar calor en verano y frío en invierno. Alojados en la planta superior que comunicaba con la terraza podían ver el cielo, las estrellas, los tejados vecinos; las palomas, los gorriones y la luna inmensa. Corría un aire puro, ausente de contaminaciones y no importaba la falta de comodidad; allí, arriba, más cerca de las nubes, el aire estaba quieto y el ambiente era acogedor.

Bajaban para atender el timbre que por suerte sonaba muy pocas veces. Hacer las compras obligaba a transitar las resonantes escaleras de madera, menester que efectuaban con ligereza porque eran jóvenes. Trataban de abastecerse por una semana para prolongar la estadía en los cuartos de arriba sin tener que salir a la calle o transitar las abigarradas dependencias de abajo. Coincidieron que hubiera sido mejor alquilar sin muebles incluidos y tenían bien claro que eso bajaba el precio. Era una concesión del dueño que al parecer, aún no contaba con lugar para reubicar este muestrario de objetos que varias generaciones habían acumulado sin ton ni son.

Magníficos tomos de literatura clásica forrados en cuero junto a novelitas de pacotilla mezclaban sus disímiles orientaciones con cuadros al óleo de gran calidad y láminas de almanaque enmarcadas. Adornos de cobre junto a jarras de plata y roperos estilo francés al lado de humildes aparadores cargados de chucherías. Un minucioso inventario llevaba cuenta de todo, aunque contaban con permiso para usar dos mesas y un sillón ubicando lo restante en el salón dorado que daba al patio lateral.

Menos mal que habían solicitado autorización para pasar unos días en la residencia.

–Para probar si nos adaptamos –argumentaron.

No dejaban de felicitarse por la idea ya que fue ahí cuando vieron, palparon y olieron que las noches no eran tan silenciosas ni vacías como debieran. No obstante, optaron por el alquiler económico, la casa de sobra y la ya elegida intimidad del piso superior.

Lo demás, es de fácil deducción. Arrumacos propios de pareja enamorada y un acumularse polvo en la palpitante multitud de las habitaciones inferiores.

Y así pasaron los meses. Compartiendo sus vidas y forjando sueños. Poco a poco, las amistades dejaron de visitarlos. Las polillas invadieron las habitaciones abandonadas disfrutando festines de ropa de lana y papel impreso. Las arañas tejieron sus telas en los rincones y no pasó demasiado tiempo sin que sus lianas de seda se extendieran de una lámpara a la otra.

Analía y Roberto vivieron su historia de amor y como el espacio era reducido, a veces se enviaban cartas, fingiendo que habitaban países diferentes. El amor de ellos desafiaba toda lógica y la imaginación hacía el resto. Decidieron mantener algunos amigos porque se conocían desde la escuela primaria, mas mientras ellos crecían por dentro en el sentido emocional y espiritual, el resto de sus conocidos parecía involucionar u optar por la masificación declinando sus deseos y vocaciones a lo que estuviese de moda o conviniera. Así, mientras la pareja vivía su propia realidad dentro de una esfera de oro, los otros, los de afuera, resultaban más y más burdos, transformados en materia gruesa imposible de levantar vuelo.

Más de una vez nuestros enamorados profetizaron que, si por alguna razón, uno de ellos partía primero hacia los confines del cielo, el otro, de inmediato tensaría las cuerdas de su voluntad para alinearlas a las del Creador o quien fuera y salir disparado como una flecha tras la mitad de su alma.

Pasaron meses y pasaron años, tantos que a nadie le importó si ellos iban al mercado o visitaban la plaza. El río que partía la ciudad en dos siguió su curso. Los niños crecieron y los adultos envejecieron hasta que llegó una primavera y los ventanales no fueron abiertos.

Providencial fue aquel vecino del edificio de la avenida. Solitario y aburrido espiaba con su catalejo los movimientos de los alrededores. Techos, antenas, alguna chimenea y patios supuestamente íntimos.

Pensó que la pareja estaría de viaje. Pensó en una mudanza. Esperó unos días y como no quería pasar por indiscreto llamó en forma anónima a la policía la que llegó en cuestión de minutos. Los vio avanzar por el jardín lateral que daba a la calle, abrir con facilidad la puerta trasera y le pareció, digo, le pareció (no estoy seguro) que los agentes espantaban algo con las manos, como si fuera un tropel de pájaros negros. La escena fue tan sorprendente y fugaz que no hubo tiempo para el análisis.

Momentos más tarde vio las ventanas del primer piso abiertas y alcanzó a divisar (con su catalejo casero) que retiraban dos cuerpos. Sintió tristeza y al mismo tiempo una sensación de testigo cómplice que lo apartó de su lugar de observación y lo llevó frente a su computadora para escribir un testimonio llamado: LA PLANTA BAJA Y EL VECINO. Una historia de amor.

Amanda Hermoso

MENCION DE HONOR (enero 2016). 50º Certamen Internacional “Palabras al mundo”, Instituto Cultural Latinoamericano, Junín, prov. Bs.As.
50º-Certamen-Internacional-“Palabras-al-mundo”

Amanda Hermoso

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Lovers in the Moonlight (Amantes a la luz de la luna), por Marc Chagall.

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