Recuerdos de alma

Recuerdos de alma
Maqueta en Masada, Israel. © Amanda Hermoso, 2013.
El escrito que hoy comparto con ustedes lo dedico especialmente al señor Abraham Kaul quien, con excelencia y calidez, nos guió por los caminos de Israel y a una de mis compañeras de viaje, Nelva Montegrosso, cuya idea de escribir algo acerca de los sobrevivientes de Masada germinó en mí meses después de haber visitado el lugar.
Gracias, Abraham por tus conocimientos y gracias, Nelva por haberme regalado un motivo de inspiración y gracias a todos los integrantes del viaje inolvidable quienes permanecemos en comunicación, como si el tiempo no hubiese pasado.
No abundaré en detalles históricos que el lector encontrará en diversos medios de información, aunque no puedo dejar de transcribir ciertos párrafos decisivos que se encuentran en el suplemento arqueológico de la Biblia de referencia Thompson.
Va como homenaje a los valerosos zelotes este fragmento de “La historia de un alma”, novela corta de mi autoría que narra las vicisitudes de un ser espiritual a lo largo de diferentes épocas y escenarios.

Cuenta el suplemento citado: “Masada es una de las fortificaciones naturales más sorprendentes del mundo. Es una magnífica meseta de 9,3 hectáreas, ubicada a 16 kilómetros al sur de En-Gadi y a 4 kilómetros de la costa occidental del Mar Muerto… Sus costados están formados casi sin excepción por acantilados rocosos a una elevación de 305 metros sobre el estéril desierto de Judea y de 396 metros sobre las aguas del mar Muerto…
Después de la caída de Jerusalén en manos de Tito en el año 70 D.C., los pocos judíos sobrevivientes que habían podido eludir la captura, se abrieron camino a través del desierto de Judea hasta Masada y se unieron a los patriotas en su determinación de continuar la lucha por la libertad. En el otoño del año 72 D.C., Flavio Silva, el general romano, tomó su Décima Legión, sus tropas auxiliares y mil prisioneros de guerra judíos, y sitió Masada, que era defendida en ese entonces por Eleazar, líder de los zelotes. Los patriotas se defendieron durante largos meses, pero vieron que no podían resistir por más tiempo cuando los romanos finalmente completaron la construcción de una enorme rampa de tierra hasta la cumbre, y colocaron arietes contra los muros y prendieron fuego a la fortaleza. Eleazar pronunció un discurso en que expuso los horrores del destino que les aguardaba como prisioneros de los romanos y les suplicó que consintieran en suicidarse para evitar caer en manos del enemigo. El grupo accedió y, abrazando a sus seres queridos, con daga o con espada asestaron el golpe mortal. Amontonando todos sus tesoros, los entregaron a las llamas. A continuación seleccionaron a diez hombres para que dieran muerte a los demás. Cuando estos diez hubieron llevado a cabo su labor, nuevamente echaron suertes para determinar quién debería dar muerte a sus nueve compañeros, suicidándose a continuación. Todo esto fue hecho en silencio, para que el enemigo no sospechara nada. Así tuvo lugar una de las tragedias más conmovedoras de la historia de la humanidad.
Al día siguiente, el 15 de abril del año 73 D.C., cuando los romanos finalmente entraron en la fortaleza que habían sitiado durante tanto tiempo, sólo encontraron vivos a dos mujeres y cinco niños que se habían ocultado, y a una multitud de 960 cadáveres. Un horrible silencio reemplazaba el clamor que habían esperado…”

Recuerdos de alma
Vista desde Masada. Mar Muerto. Desierto de Judea. © Amanda Hermoso, 2013.
La historia de un alma (Fragmento)

Mis precarios recuerdos de alma añoraban mi tiempo en Metzada. Fui  la mujer zelote que sobrevivió  para contar al historiador Flavio Josefo la razón del suicidio en masa cuando, paradoja sagrada, nuestra religión prohíbe tal repudiable práctica.
Vivíamos en paz en Metzada siendo líder El Galileo quien, munido de una fe inquebrantable nos había conducido a la toma del lugar ya que no queríamos caer en manos de los romanos, mas los designios de la historia son inexorables por lo que un amanecer divisamos al enemigo avanzando sobre el Midbar Yehuda.
¿Hacia dónde huir? Solo cabía la resistencia y posterior muerte en manos del invasor.
La magnífica Metzada se  había convertido en una trampa letal. Ni siquiera Herodes podría haber imaginado que los graneros y las bodegas; los caldarium, las deslumbrantes salas, las cisternas y acueductos de su residencia de verano iban a convertirse en el último refugio de los zelotes.
La legión al mando de Flavius Silva había sufrido grandes bajas debido a las condiciones extremas del desierto. El calor, la falta de agua y las enfermedades habían dado cuenta de ellos y por unos días creció nuestra esperanza, mas nada pudimos hacer cuando vimos la minuciosa construcción de una rampa de asedio para poder derribar los muros con la ayuda de un ariete.
 Aún resuena en mis oídos álmicos el aterrador estruendo de las embestidas de aquel monstruo mecánico cuyo único fin era someternos al vejamen de la esclavitud y el exterminio.
Fue entonces cuando Eleazar Ben Yahir nos reunió para comunicar nuestra derrota. Debíamos optar por la suprema libertad de la muerte y para ello no acudiríamos al suicidio como tal sino que ciertos soldados serían los encargados de ultimar a hombres, mujeres y niños y después ellos acudirían al filo de sus espadas para cercenar sus vidas. El último  incendiaría  Masada para luego terminar con su existencia.
Siete fuimos los sobrevivientes. Mi anciana suegra, yo y cinco niños. Permanecimos escondidos en la gruta más recóndita, aquella donde nadie quería internarse por temor a los derrumbes. De otra forma nos esperaría  la muerte y a mi me animaba la confianza en las predicciones de Hulda quien me había augurado un futuro casamiento en Wadi Musa. Curiosamente, protegiendo cinco niños aterrados y una mujer vieja, debía aferrarme a la ilusión como si fuese un poder que habría de sacarnos de esta pesadilla.
Al principio me pareció oír ruidos sordos, estertores, gemidos, mas no puedo asegurar si en efecto se trataba de sonidos humanos o eran los rumores y silbidos del viento al introducirse en las galerías de La Fortaleza. De cualquier modo la suerte estaba echada y debo el coraje al fervor de mi alma quien,  inquieta ante el desenlace, me precipitó en oportuna huida no sin antes salvar a la mujer que había gestado un hijo que amé y me amó, a nuestros dos niños y a tres criaturas de la comunidad.
No teníamos idea del tiempo allí, en el fondo de la cueva. Los niños, olvidados sus temores, durmieron un sueño infantil. La mujer vieja permaneció inmóvil y mi cuerpo y alma por milagro permanecieron unidos ya que solo me gobernaba el instinto y como un animal salvaje, quedé al acecho, apenas respirando y protegiendo a la cría.
Cuando el silencio fue una constante solo interrumpido por el silbido del viento entre los pasadizos,  el hambre y la sed  nos impulsaron fuera del refugio y luego de reptar por grietas que ni el mismo Herodes conocía, llegamos al patio  principal donde el gobernador Silva y sus soldados estaban  inmóviles y perplejos ante el espectáculo de muerte y  valentía.
Bajo un sol incandescente fuimos conducidos fuera de Metzada y me despedí para siempre de los patios de mosaicos y de la fresca agua de lluvia almacenada en enormes cisternas. Dejábamos una etapa para entrar en otra. Los niños fueron adoptados por familias romanas, mi suegra encontró una amiga ahora devenida en cocinera de las tropas y mis niños y yo marchamos hacia Jordania donde tenía una prima viviendo en las estribaciones de Petra.
Recuerdo que pasados unos meses contraje matrimonio con un beduino del valle. Finalmente, Hulda había acertado con sus predicciones. Este período de historia personal es como tantas otras, en cambio, por siempre llevaré impreso en la piel de mi alma, los inolvidables acontecimientos vividos en el desierto de Judea.

Amanda Hermoso

Recuerdos de alma
Ilustración del asedio a Masada por parte de los romanos. © Amanda Hermoso, 2013.

 

Amanda Hermoso

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imágenes: Fotos © Amanda Hermoso, Masada, Israel, 2013.

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