Revisando papeles, remitente desconocido

Como siempre, un lujo tus emails y agradecida por el material. De Galeano tengo “Las venas abiertas de América Latina”, comprado allá por los 80, tiempo en que cursaba una carrera universitaria no finalizada. Poco tema por acá. Esperando regalar cosas, de lo contrario terminarán por ahogarme. Ya llevé bastante a una iglesia. El jueves regreso. Ni siquiera he leído por segunda vez el material del taller literario y menos aún las consignas de las tareas. Me ocurre algo extraño. Siento una paz tremenda. Duermo profundamente, circunstancia que nunca en la vida logré. Creo que estoy llegando a un resumen de vivencias que confluyen en un punto de luz. Pienso que estoy comprendiendo que el reino de los cielos está dentro de mí. No dejes de escribirme tan lindo. A veces escucho “Dos gardenias”; lo canta una mujer, estilo cubano. Lo mencionaste en alguna oportunidad ¿recuerdas? Me fascinan las voces que parecen salidas de un long-play de antaño, de un film en blanco y negro. Abrazo de las 3.30 a.m. No tengo insomnio, dormí desde las 8 p.m. de ayer. Podrán decir –no es hora de dormir. Yo digo –si tengo hambre como, si tengo sueño duermo. Tal es una actitud zen. Abrazo oriental
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Aparecen otras frases y comentarios guardados y olvidados: “Un día de lluvia es tan bello como un día de sol…” dijo Fernando Pessoa y yo pienso: Distinguimos la diferencia porque estamos vivos, por eso, todos los días son bellos, con sol, con lluvia, con frío, calor, risa o lágrimas
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Podría decirse que Eusebio encontró la carta (entiéndase email) y la frase en un desván, digo, en una carpeta olvidada en Mis Documentos. La vocación de acumulador de papeles hacía nido en su computadora, razón por la cual, ésta, artefacto perfecto, reflejaba cierto desorden que sólo él comprendía. La misiva no tenía firma, entonces, dedujo Eusebio, quizá pertenecía a una novia virtual ya que nuestro hombre vivía romances furtivos a espaldas de su mujer y, mientras ella lavaba los platos, por ejemplo, el enamoradizo esposo fatigaba sus ojos frente al monitor. ¡Cuántas veces revivieron las mariposas en el estómago! Con cada amor se descubría poeta y con cada final de idilio, el dolor hacía nido en su pecho y por varios días un espíritu melancólico lo enfermaba hasta el punto de ser un ovillo silencioso yaciendo en su cama nocturna. –Es el hígado –respondía a su esposa–algo que comí o acumulación de festejos con los compañeros de oficina. Corría diciembre y las cenas anticipatorias de fin de año no cesaban. Buena excusa para encubrir sus tristezas. ` ¿Por qué otras parejas que se conocen por medios virtuales llegan a buen puerto? ´ Sabía de casos felices y concretos. ` ¿A pesar del comienzo inusual su destino sería esta rutina aplastante?´ `No, seguro que no´, discurría inquieto en los laberintos de su mente. Las semanas sucedían una detrás de la otra, iguales, implacables; un encadenamiento de horas donde el sol, la primavera o las anheladas vacaciones veraniegas carecían del atractivo de antaño. Todo resultaba monótono, sin matices. ` ¿Quién me habrá escrito Abrazo oriental?´ pensó, una vez más, otorgando un título al remitente desconocido. – ¡Si pudiera ser tan sabio! –murmuró en la penumbra de la habitación– simplificar al máximo, no hacerse problemas… –¿¿Qué dices??–graznó su consorte– ¡déjame dormir! ¡De un tiempo a esta parte se te ha dado por hablar solo, hombre! ¿Qué tienes? ¡Si estás mal de la cabeza hazte ver! Eusebio no dijo nada. Abandonó el lecho conyugal y se dirigió a la piecita del fondo, ampulosamente llamada escritorio. Encendió su computadora, buscó el mail, revolvió en su memoria sin poder hallar autoría y fijó sus ojos en la frase: “Si tengo hambre como, si tengo sueño, duermo. Tal es la actitud zen.” Supo que las palabras le estaban destinadas. Aprender a vivir, de eso de trataba. No confrontar. Existir en el mar de la vida. De pronto, en la cresta de la ola; acto seguido un revolcón, después sólo nadar en aguas límpidas. Aceptar. Tolerar. Simplificar. Quitar las malezas que se reproducen en el interior del pecho. Eso es. Sacar lo que perturbe. Estar atento. Relajado y atento. Testigo de uno mismo. Observar. Ser. Eusebio vislumbró alivio. Su horizonte ya no estaba cargado de nubes sombrías. Tampoco de luminarias prometedoras. – ¿De qué me quejo?– dijo en voz baja. Desde su ventana observó los retoños de los árboles de la plaza. Los niños jugaban en las hamacas. Recordó los toboganes de su infancia, el estanque donde lanzaba piedras a la superficie y las ondas concéntricas con las que el agua respondía. Algo parecido al sosiego comenzó a nacerle en el pecho. No, no era la efímera felicidad. Algo chiquito y con mayor peso. Sensación de paz, sí, de tiempo presente y punto. Estaba vivo. “Gracias”, dijo, y abrió la puerta del departamento decidido a emprender una larga caminata. Mañana saldría con su mujer. Sí, a reeditar las razones por las cuales se casaron. Amor. Sí. De eso se trata. De romper la rutina y de recuperar sentimientos que la convivencia había opacado. A su regreso le diría: Te amo, Ana. Vayamos al cine. Así de simple.

Amanda Hermoso

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: “Reflections of the Morning”, obra por Leonid Afremov, pintor bielorruso-israelí.

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