Un cuento peruano

Un cuento peruano

Cerca del Urubamba vivía el chamán Huayra. Su casa de piedra era un milagro adherido a la falda de la montaña ya que ni terremotos ni diluvios, habían logrado destruirla.Su existencia transcurría entre conjuros, sanaciones y ofrendas a los Apus. La gente, agradecida, dejaba a los pies del cerro múltiples regalos. Pieles, harinas, legumbres, zapallos de colores y hasta algún cuy asado; también animalitos vivos dentro de jaulas de caña. Algunas veces hubo pectorales y brazaletes de oro, herencia de los ancestros, hasta ahora ocultos de la voracidad del español.

“Demasiados objetos para una vida breve”,  reflexionó el chamán y un día, decidió bajar una vez por mes al Valle de los Reyes y allí, en la feria dominical,  entremezcló los regalos con las artesanías de un amigo cómplice y así pudieron convertirlos en monedas y billetes.

Contento estaba Huayra con la decisión y no reparó que a las puertas de su vida se erguía un problema mayor. La faltriquera rebosante y adosada tercamente a su cuerpo exigía su atención. El chamán se había vuelto desconfiado y no la abandonaba ni por un momento.

Eusebio Mendoza, su joven primo, pronto reparó en el objeto que era cuidado con tanto celo y producía un cautivante tintineo metálico, y si hasta la fecha había sido parco, su carácter viró hacia la obsecuencia bregando por el bienestar de su pariente.

–Pues ¿qué deseas? Ya te subo agua fresca del río. ¡Mira los higos que para ti he juntado!  ¡Carne de una cabra joven y leche de las vacas del valle!

Como es de imaginar, no tardó Huayra en engordar unos kilos y aunque algo lo extrañaban aquellos solícitos cuidados, transmutó sospechas en agradecimiento. ¡Por fin a su vida había llegado alguien que lo atendía! Él era feliz dedicando sus horas a la curación de los pobladores, mas  una sombra cruzaba de tanto en tanto sus pensamientos y como un cuervo inquieto le comía la confianza. Fue entonces que, ante el pedido de Eusebio, le dijo –puedes quedarte, pero habitarás junto al gallinero. No entres a mi cuarto –y explicó, para no parecer tan rudo –guardo allí elementos que no deben ser vistos. Es orden de la Pachamama.

El primo, devenido en sirviente, pensó “¿cómo quitarle el bolso? ¿Tendré que matarlo?”… y para ahuyentar los siniestros planes que ya anidaban en su mente, fue en busca de hierbas y hasta de huesos fosforescentes con poderes depurativos; pronto estaba por olvidar su malicia cuando vio al hijo del almacenero  trepando la cuesta y al Huayra parado junto a la puerta.

–Buenass tardess –saludó el joven –me mandan a invitarlo. Hay asado y chicha pa´gradecerle que li haiga curado el nieto al Juan.

El chamán aceptó porque al no tener que trabajar en las tareas domésticas gracias a la colaboración de su primo, se sentía más ligero de alma y con ganas de socializarse un poco. Huayra era bastante joven y recordaba la mirada oscura de una chola.

Enterado Eusebio del acontecimiento, manifestó su deseo de quedarse a cuidar la casa y el establo, pero fue conminado a ir a la fiesta.

–Total, ¿quién va a subir de noche y buscando qué? –comentó Huayra –vienes o regresas con tu familia.

Al día siguiente, ambos emprendieron el camino de bajada. Hacía mucho calor y llegados a la vera del río, decidieron refrescarse. Y así fue que mientras el Inti los cocinaba con sus rayos, el chamán envolvió la codiciada bolsa dentro de la manta sagrada junto a objetos místicos de inextricable simbología.

–Cuida la manta de Viracocha –ordenó a su pariente –voy a cumplir con los llamados de la naturaleza –y dicho esto, se perdió tras unos arbustos rodeados de pedregales, situación que Eusebio, veloz como un gamo, aprovechó para huir con el tesoro.

Ya más aliviado, regresó el hombre a la escena anterior encontrando la manta revuelta y las pertenencias mágicas desperdigadas sobre los cantos rodados. De la faltriquera, ni noticias.

Atardecía. Cantó el tunki la hora de ir a dormir. Los últimos rayos de sol teñían de rojo las cumbres y finalmente llegó el silencio junto a la noche andina.

Huayra, demudado, perplejo y azorado, siguió camino a la fiesta que hacían en su honor. A nadie contaría el horrible percance.

¿Acaso no había sido un tramposo vendiendo a escondidas las ofrendas amorosas de la gente?

A lo lejos se veían luces y a sus oídos llegaban la música y los cantos. Concluyó que la codicia es un mal bicho que se aloja en el pecho y tiene cría.

El chamán se sintió limpio. Leyes ineludibles se habían puesto en marcha y aprendida estaba la lección.

Dentro del recinto todo era alegría. Una muchedumbre lo abrazó como a un dios y él sintió la mirada terciopelo de su chola cruzando el salón…  buscando sus ojos,  buscándolo a él…

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Auca Yachai –Sabiduria Indígena– por Pablo Amaringo, pintor peruano de origen indígena (1943-2009).

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