Un día más…

Un día más

Amarlo era un acto de fe. Un hombre abstracto, de comportamiento errático, tierno e incumplidor, no podía ser amado de otra manera.
Cascabelito Gutiérrez sospechaba, muy en el fondo de su corazón, que el amor terminaría en algún momento. Agua y aceite, una amalgama imposible donde la difusa figura masculina no lograba abarcar la feminidad arrolladora. Era río, laguna, mar, lluvia… la rodeaba y a veces casi ahogaba, pero jamás podría diluirla lo suficiente como para integrarla a su ser en unidad indisoluble. Ella y él= UNO.
Sí, la relación debía terminar en algún momento. Por su bien y por la salud del novio leve quien podría llegar al hartazgo ante la vitalidad de la mujer. Por otra parte, ¿qué pasaría cuando ella escuchara TODOS LOS DÍAS el pormenorizado relato de sus achaques? La resistencia de la dinámica dama, ¿sería suficiente?
Cascabelito, la soñadora. Un día era actriz de renombre, otro, atleta calificada, bailarina de tango, fandango y vals. Podría tejer y ganar dinero. Modelos exclusivos. “¿Y aprender costura? No debe ser muy difícil… Para modelo ya era muy vieja: Cuarenta. ¿Y poetisa? Trágico sino el de Alfonsina Storni…”

“…Manos que yo no veo
El alma me desatan
De nuevo; nuevamente
Creo en algo; se aplaca
Mi amargura, y de nuevo,
Digo sin entenderlo
¡Gracias!…” 1

“…Bravo león, mi corazón…” 2

“Andamiaje del mar. Cuerpos sutiles flotan amarillos. Columnas de carne disueltas por la sal y los peces…
¡Ay! ¿Con quién hablar de hondas desazones si al recitar versos la observan sin comprender? Es más interesante la vida de la vecina y muy inquietante la elección del futuro presidente. ¿A quién susurrar las palabras de Huidobro?”

“…A la hora en que las flores se lavan la cara
Y los últimos sueños huyen por las ventanas…” 3

La Rosa y el Pepe mirarían extrañados… amigos de la noche… embriagados de fin de semana cuando las fábricas están dormidas…

Es sábado. La tanguería es una casona que cobra vida con modos de animal nocturno. Los compases rotundos se filtran en las grietas de su carne y el humo del cigarrillo todo lo impregna y aceita…
Llegan a las once en punto. Amaranto, el hombre amado por fe y Cascabelito Gutiérrez, la incansable.  Luce como recién salida del instituto de belleza y cuando el pueblo aún duerme, ella va rumbo al trabajo maquillada del mismo modo que al atardecer o medianoche. Los párpados cargados de sombra y rimel. Los labios rojos, indelebles, insistentes. Cascabelito, ramillete de lentejuelas…
Ingresan en “El palacio del tango” con pasos vacilantes, explorando el piso erizado de penumbras, temerosos del ridículo si acaso tropezaran. ¿Estará derecha la corbata? ¿Se habrá desprendido el corpiño? Ella lo toma de la mano.
– No te alejes. Necesito tu contacto. Llevame del hombro o de la cintura. Que sepan. Estamos juntos.
Cinco años atrás, cuando Amaranto la conoció dijo: “Para siempre” y aquellas palabras definitivas la perturbaron un poco, no por su calidad de sellado, sino porque intuía la finalización de la obra. Desde el principio le comentó a una amiga:
–Vas a ver que no, algo va a pasar…
Después, con el correr de los días y los meses intentaba concluir que la vagarosa inquietud no era más que un mecanismo defensivo, un “por las dudas”. Cascabelito no quería sufrir y dejaba una puerta abierta a lo imprevisto. Basta de llorar desgarrada por pérdidas amorosas.

Ya en la pista, Amaranto enlaza su talle y bailan entre las nieblas del tabaco y las respiraciones cargadas de secretos. Los sábados por la noche él es un hombre nuevo. Sus fatigas, fobias y temores quedan afuera, tiritando bajo las estrellas o acurrucadas en el viejo automóvil a la espera de su presa y no es extraño que, al llegar a su casa, Amaranto se derrame en diarreas interminables o delire de fiebre hasta el amanecer sufriendo sus anginas recurrentes o postrantes bronquitis o calambres que lo reducen a un despojo.
Un día Cascabelito se enojó
– ¡Son mentiras! ¡Sólo buscás atención! Este llamado al orden lejos de amedrentarlo derivó en un costoso y molesto estudio abdominal generador de dos resultados: 1) Alejarlo de los médicos por un tiempo. 2) Un período de plenitud donde el quebradizo Amaranto disfrutó la ausencia de malestares neuróticos sin nombre ni diagnóstico posible.
Bailando sí que eran uno. Simbiosis indiscutible. Compases marcados. Figuras exquisitas. Cortes y quebradas. Por momentos el saco gris de Amaranto parecía un barrilete y el elastizado vestidito de Cascabel era un fulgor plateado adosado al bailarín que  parecía levantar vuelo junto a los sones orquestales.
El ritmo de la milonga repiqueteaba en luces y  piruetas y Amaranto, más que un hombre, era un muestrario de pasos. Cascabelito era la compañera perfecta y apretada contra su pecho, espiaba la escenografía a través de sus pestañas postizas. Veía un hilo de humo, un retazo de Nano, un fragmento de Hugo, una pizca de Choli. Sensuales bailaban… ella enlazaba la pantorrilla de Amaranto con la suya breve. Él la guiaba con experiencia y firmeza. De sus volteretas se desprendían un aroma de amor, de maquillaje perfumado, de tintura y fijador… de libro escondido, de relatos pueriles, de días insensatos, de ilusiones enredadas en la rueda de la vida… Proyectos… proyectos sin cumplir. Temió que la resignación hiciera nido en su voluntad. País endeudado. Saturación de mercados. Palabras. Palabras.
Mientras tomaban una cerveza ella seguía cavilando y al mismo tiempo asentía indiferente a los comentarios de Amaranto.
“Volver al hotel de don Tulio. Imposible. Había despedido mucamas y si la empleaba era probable que volviera a enloquecer con la curva de su cintura. Jamás lo olvidaría. Acorralada contra las hornallas de la cocina hirviente de arroz con leche y sopa, el gordo la enfrentaba con aquella cara sanguinolenta cruzada por venitas de vino. Baboso don Tulio baboso, caracol baboso ahora nutritivo animalito exportado a España e Italia.”
Tuvo que fingir un ataque de ciática.
–No puedo dar vuelta los colchones, muy pesados, no vengo más – para que don Tulio no avanzara. Si el pálido Amaranto llegaba a enterarse lo abría en dos con un cuchillo porque celos y Amaranto eran sinónimos.
Pero las cosas venían cambiando. A la una de la mañana, cuando ellos alcanzaban su clima danzante con los bandoneones y piano de “Acordes del Ayer”, los tangos callaban para dar lugar a la mal llamada “música tropical”, esa suerte de cumbia deforme que muy fuerte había prendido en el cono sur y entonces las parejas se agitaban en una danza monótona y tribal que nada tenía que ver con la complejidad del tango. Ahora había que mover las caderas puchunguita para después continuar con las epilepsias de la música disco. En fin, si antes las veladas de Amaranto y Cascabel terminaban a las cuatro, por estos tiempos tenían que retirarse a las dos, frustrados, impotentes y hartos del bochinche y al otro día los achaques de Amaranto parecían inventados y los planes de Cascabelito eran inconexos. No habían hecho cable a tierra por medio de la danza por lo que ahora habitaban una zona intermedia prontos a perder la identidad nocturna que los distinguía.
“¿Regresar al hotel de don Tulio? Descartado. Menos aún a la parrilla “El pollo distraído”. Ni un pelo de distraído tenía su dueño. Mientras ella pelaba papas él la miraba con sus ojos de gallo: Fijos, vidriosos y laterales. ¿Y un  micro emprendimiento? Fabricar licor casero. Alfajores. Bufandas. Jaulas para conejos. Conejos. Allá por los noventa los campos se cubrieron de conejeras. ¡El negocio! Al año estaban vacías. Que la gente no los consume. Que no estamos acostumbrados. ¿Acá? Carne y vino. Que son caros. No pudimos exportar. Chinchillas. Codornices. Lombrices. Lana hilada. Hilo. Lana sobada. Collares para perros. Canarios. Marsupiales. La lista es infinita y yo no me animo con nada. ¡Bah!… después de todo no lo paso tan mal… hay mucha gente con hambre… mucha…mucha…”
Apartó una porción de comida para que no se mezclara con la yerba y otros desperdicios. La embolsó con cuidado. Bajó las escaleras del inquilinato y colgó los alimentos del lado interior del cesto. Durante el verano pasaba un hombre para retirar la bolsa. Seis meses después eran cuatro personas más. El trofeo, también disputado por los moscardones, era para el que llegara primero.

Amanda Hermoso

Amanda Hermoso

“Un día más” fue publicado en el tercer libro de cuentos de la autora: “El Triángulo y otros relatos”, Editorial Utopías, Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina, 2010.

La escritora Amanda Hermoso ha obtenido numerosos premios a nivel nacional e internacional y es autora de los libros: Ríos en la soledad (cuentos y poemas). Edición del autor. Tandil. (1995); Sombras y luces (cuentos y poemas). Editorial Vinciguerra. Buenos Aires. (1997); El Triángulo y otros relatos (cuentos). Editorial Utopías. Ushuaia. Tierra del Fuego. (2010).

Imagen: Ramona baila el tango (1965), xilocollage de Antonio Berni (1905-1981), pintor, grabador y muralista argentino.

Notas:
1 Storni, Alfonsina. La belleza, (fragmento) (Obra poética completa, Editorial Latinoamericana).
2 Storni, Alfonsina. Frase, (fragmento) (op.cit.).
3 Huidobro, Vicente. Poema Altazor.

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